Apocalipsis según Ile Verte

Por Alejandro Ramírez

Para Aída

Encontré el siguiente archivo en los registros de investigación virtual del Instituto de Ciencias y Civilización en el cual trabajo. Su código se reduce a una reseña en francés que anuncia “Ile Verte”. Dudo que este escrito tenga la vida suficiente para ser comunicado a una gran cantidad de lectores. No es ello lo que temo. Su contenido me es hasta este momento inexplicable, no sé si por ignorancia o por qué, en realidad, su mensaje posea un elemento irreal. Dicho término me es sumamente desagradable, pero confieso que el programa me ha hecho sentir, e incluso palpar, cierta presencia ajena a la certeza de la materia y a la trivialidad de la ficción. Dejo al lector cuidadoso y consciente decidir por sí mismo. Por mi parte, hago el mayor esfuerzo por representar el papel de copista fiel. Mi labor reside en la transcripción coherente de las grabaciones mentales de su creador. Espero su estilo no sea nefasto para los hombres de ciencia, ni incoherente para el lector aficionado.

Es patético dejar un mensaje a través de la máquina que uno mismo ha creado con el fin de aislarse del mundo. No me queda, sin embargo, otra opción. Deseo, mientras desgasto mis últimos esfuerzos, entender el mal que he desatado, y para ello me restan solamente las palabras. Debo relatar, , mi historia, repetir cada eventualidad o circunstancia pasada por alto, para atisbar así un vaticinio de razón y juicio en lo vivido. En el peor de los casos, debo registrar mis pensamientos en la máquina y permitirle a una mente menos viciada y más objetiva que la mía, descubrir un sentido al teatro de horror en el cual se ha convertido mi vida.
          Empecemos pues desde el principio. Cansado de la superficialidad y materialidad de la comercialización virtual, empecé a trabajar en un programa ‘redentor'. Creía que el hombre podía ser dios. No confiaba en su moral innata ni en sus creaciones metafísicas; mis investigaciones se centraban, exclusivamente, en la explotación de su capacidad creativa. Cada mente sería pequeño universo, el cual, a través de un aprendizaje arduo, semejante en todo a la extenuación física, devendría una totalidad independiente. Comprobaría que el origen de la divinidad –por llamarla de alguna manera– se encontraba en la mente; algo que místicos Sufíes, Gnósticos y Kabbalísticos han sabido desde hace siglos.
          Fue así como diseñé el primer programa virtual donde no había formas ni sensaciones, sólo una sábana de arena que permanecía inmóvil debido a la ausencia de aire. Como investigador, pensaba situarme en la mitad de la arena, sobreviviendo gracias al autoconvencimiento de que todo era ilusión, esperando alcanzar con ello, el viaje místico.
          Me conecté a la máquina en la segunda luna llena de Primavera. Ello no tiene ninguna relevancia con el resultado final del viaje, lo menciono para acostumbrarme a recordar los detalles. La primera impresión fue de desagrado. Contrario a la ausencia prevista de aire, mi hábito de respiración me hizo creer que había una especie de acción molecular en la atmósfera. Transcurrieron varios momentos, horas o días, antes de que pudiera sentirme verdaderamente solo. La preocupación animal o el instinto de sobrevivencia me forzaron a elaborar un refugio bajo la arena. La guarida sólo me pareció inconsecuente después de que hube extenuado mis fuerzas en su elaboración.
          No había diferencia entre día y noche. La decisión la tomé después de una larga deliberación biológica. Si en verdad quería alcanzar un estado místico puro, no podía auxiliarme de ningún tipo de alucinantes. La escasez de un latido de vida universal era en cierta manera un gran impulso hacia el desvarío. Opté, sin embargo, por la no diferenciación. La luminosidad serviría de bella metáfora al punto final del viaje. Pero ello ocasionó durante mis primeros días una holganza rayana en pereza. Los intentos de meditación terminaban siempre en largos sueños, en su mayoría pesadillas, de las cuales era difícil despertarse con sosiego.
          Sólo llegué a sentirme tranquilo cuando me percaté de la posibilidad de renunciar al programa. Hubiera bastado un botón para salir. Creo incluso que estuve a punto de llevar a cabo un examen de prueba. No lo hice. Temí que después sería más difícil volver a acostumbrarme a esta nueva realidad. Aunque ¿en verdad hubiera sido factible en aquel momento, antes de la invasión, escapar? ¿Es que su llegada estuvo predestinada desde la elaboración de los circuitos, o fue creada a posteriori por el programa mismo? Todo hubiera podido ser evitado si hubiera salido del desierto en aquellos primeros días –o meses– de ardua concentración. Fue solamente cuando dejé de luchar que ellos aparecieron, como creados por mi mente, pero sensibles a los sentidos, reales.
          (Pausa. Signos entrecortados. Pérdida de señal. Regreso a ella)
          Desde siempre he temido al engaño. La naturaleza narrativa o pictórica de la conciencia nos convierte en seres condenados a la irrealidad. No hay nada certero o comprobable en la mente humana. Es posible estudiar el cerebro, saber de donde proviene la competencia lingüística o habilidad creativa, pero imposible probar la veracidad de cualquier idea. Es por ello que el intento de organizar el universo y sus verdades dentro de la disciplina filosófica, se convirtió en nuestros tiempos, en algo irrisorio. A la gente ya no le importa saber e investigar, prefieren vivir su mentira, reclaman neciamente se les deje creer en su ficción. Y la verdad, no hay razón por la cual no hacerlo. Si nadie posee respuesta alguna, porque no mejor conformarnos al dominio tecnológico que nos aporta la ciencia, decir que algún día encontraremos en ella certezas, y vivir, como todos, bajo la mentira. O jerarquizar realidades, como lo hacemos con los escritos literarios, decir: esta creación es digna y esta otra vulgar.
          Pero no, más allá está la experiencia mística. Más allá del relato superficial, de la mentira o el embuste, se encuentra lo sublime, lo estético. Es por ello que entré a Hurqalya, que creé el desierto y su potencialidad creativa. No había ninguna justificación para su aparición, no hay lógica en ello. Entraron sin aviso o razón alguna, actuando como si hubieran pasado todas sus vidas en aquella desolación de arena, como si hubieran sido los verdaderos creadores del sistema.
          Meditaba sobre la teoría de los colores de Goethe, sentado sobre la arena, cuando aparecieron los sollozos a mis espaldas. Hasta entonces había habido sólo ausencia, escuchar sonidos fue como estar ante Dios o el Demonio. Volteé aterrado y descubrí a una anciana decrépita, acuclillada hasta dar con la frente en la arena. Lloraba con las manos venosas entrelazadas sobre la frente. De entre sus quejidos, se podían entender las palabras:
          ‘¡Mi hijo, qué le han hecho a mi hijo!'
          La interrogué por convencionalismo o inercia.
          ‘¿Qué le hicieron a su hijo? ¿Quién se lo hizo? ¿Quién?,' volví a preguntar, ansioso por descubrir a una población mayor de invasores. Entonces, sus ojos encendidos cazaron los míos en un gesto de ira que me dejó estupefacto. No esperé respuesta alguna. Huí hacía cualquier dirección de los cuatro puntos cardinales, en aquel momento proporcionalmente vacíos, de mi programa. Para mi sorpresa, después de haber corrido hasta sentir el corazón estallarme, llegué a un pequeño promontorio de piedras por entre las cuales crecían pequeñas briznas de pasto. Aquel fue el primer día en el que hubo noche.
          (Cambio de archivo. Misma secuencia pero titulada con otro nombre, cabe decir, más cercano a la realidad: ‘Désert Bleu')
          Eran de carne y hueso o, a lo menos, resistentes a la virtualidad del programa. Lo supe después de varios días de investigación. Animado por interés científico, pero más que nada por mero espanto, empecé a rodear su campamento escondiéndome tras las piedras que nacían, en diversas posiciones, cada día. El nuevo advenimiento del latido diurno y la caída de la noche me regresaron a la concepción del tiempo mesurado. Sorprendido por mi resistencia corporal, adquirida en la luminosidad de instantes o años vividos en el desierto, pude pasar días enteros vigilándolos sin el menor síntoma de cansancio. Ellos, sin embargo, eran conscientes de mi presencia. No obstante todo el esfuerzo dedicado en la elaboración de un escondite, su actuar delataba que sabían de mí. Ya fuera que se arrastraran hacia donde me ocultara con demostraciones patéticas de sufrimiento, o bailaran ridículamente en una afrentosa burla hacia mi persona, siempre sabían de mí. Pero nunca se acercaron lo demasiado para tocarme o dirigirme la palabra, esperaron a que yo diera el primer paso. En aquel momento todo ello me parecía irrazonable, con la cantidad de hombres que integraban su grupo, podían haberme destrozado con facilidad. Pero no era eso lo que buscaban, querían matarme poco a poco, como lo hacen ahora caminando tras mi esqueleto, lamiendo mis heridas y en sus trances desgarradores, arrancándome los cabellos o uñas.
          Construían una especie de templo en el centro de un valle nacido, ya fuera de su imaginación conjunta o, lo acepto, de un probable error de programación. ¡Un valle en el desierto! ¡Germinación en la nada! Las escasa rocas de los llanos óseos de los alrededores les sirvieron de material. Con una mezcla que hasta el momento acepto desconocer, fueron uniendo las piedras en un ordenamiento plenamente grotesco. Era obvio que no tenían la menor noción de geometría y arquitectura y, sin embargo, construían con destreza y rapidez. Con el tiempo sabría a que monstruosidad dirigían ese adefesio religioso.
          La primera persona a la cual me atreví a dirigir la palabra fue la misma anciana lacrimosa de la primera aparición. La divisé una mañana, chillando entre un grupo de miserables que cincelaban piedras despreocupados por sus quejidos. Más que pena me causó repugnancia, tanta que pude acercarme y con la fuerza de ánimo que proporciona el desprecio, ordenarle se callara. Y así lo hizo al instante, al igual que los hombres y mujeres de las cercanías. Se sumergieron después en una extática contemplación hacia mi persona, algunos arrodillándose ante mí, otros solamente mirándome con ojos atónitos. Quedé aterrorizado; intenté, sin resultado alguno, jalar los cables de mi cabeza, o maniatar las páginas virtuales del sistema. Sus miradas me recordaron la posibilidad de un ataque paranoico del cual podría estar siendo presa –después de semanas, ¿años? enteras bajo la luminosidad insensata del desierto, en total soledad y ayuno, era normal que mi mente creara alucinaciones–, ello me dio fuerzas para huir, girar sobre mis talones y caminar exangüe hacia una llanura de los contornos. Pero antes de que los dejara, la anciana osó interpelarme. Con la misma mirada congestionada, dijo:
          ‘Está en la playa, lo hicieron por ti. Tenlo en cuenta cuando llegue mi hora. Te lo ruego: era mi hijo.'
          Llegué a la playa al atardecer. Era una extensión de varios metros de arena a la cual sólo podía accederse por un camino de piedras inestables y ásperas. El mar, contrario a mi diseño, era, como el desierto: perceptible para todos los sentidos, incluso al olfato. Minutos antes de verlo podía ya oler su presencia. Desde la altura del acantilado logré avistar al hombre, pero tuve que descender para comprender el horror en toda su magnitud. Clavado de manos y pies a una cruz de maderos, el cuerpo en corrupción se sostenía a unos metros sobre la arena, su rostro caía en un gesto de resignación sobre el pecho. Al tocarlo pude sentir la consistencia de los huesos y la piel putrefacta. Era real.
          No descolgué el cuerpo, por el contrario, escapé del lugar lo más rápido posible. Hacía semanas que no ingería alimento alguno, al principio esto no me había causado problema, mi mente me convencía de la virtualidad del sistema y de la irrelevancia de las necesidades fisiológicas. Pero desde la aparición de los otros, sus costumbres y hábitos mundanos me hicieron de nuevo humano –está por demás decir, que mis meditaciones e intentos de revelación nirvánica habían quedado olvidadas por completo–, escalar los acantilados agotaron, por lo tanto, mis fuerzas. Desplomado sobre la arena, cobijado bajo el nacimiento del crepúsculo, dormí, por primera vez en mi mundo, profundamente.
          Al despertarme sentí una ligera sensación de consuelo. Quizá todo había sido una alucinación. Busqué los bordes de la pantalla, intentando recordar los códigos de acceso y la compatibilidad de los tiempos de conexión: fue inútil. Había olvidado todo y, aunado a ello, las pantallas optativas no aparecían. La tragedia causada por la desgracia entre los seres queridos puede causar angustias tremendas, el descubrir, sin embargo, que todo evento físico no era más que una invención macabra de mi mente, me horrorizó. Ello significaba que ni siquiera mi muerte me pertenecía: la posibilidad de una vida futura se entremezclaba con la irrealidad de la presente. Fue entonces cuando reconocí lo que había hecho: me había convertido en un Dios, potencia externa incluso a mi mismo ser, creadora del infierno que me rodeaba.
          (Pausa. Signos ininteligibles que remiten a intensa y confusa actividad mental. Regreso.)
          Bajo el peso de mis nuevos descubrimientos, regresé a la comunidad erguida en el centro del valle fantástico. Lo primero que observé a la distancia, fue el templo. Estaba dedicado a mí, como el sacrificio del hombre sobre la cruz había tenido como finalidad el complacerme, por eso la fiereza amedrentada de la anciana y sus frases de plegaria. Todo este tiempo había sido adorado por los mismos hombres a quienes estúpidamente creía espiar. ¿Qué veían en mí? ¿Cómo es que llegaron a mi virtualidad? Aún no logro explicármelo. Ellos, por su parte, nada me han dicho.
          Me siguen cautelosamente, su voz cuando se dirigen a mí es apenas un hálito. Cuando les pedí a gritos me confesaran la razón de su aparición, a medida que crecía mi desesperación fueron siendo presa, uno a uno, de un rapto místico. En eso vinieron a terminar mis expectaciones espirituales, en sus balbuceos de palabras ininteligibles, sus cuerpos temblando febrilmente.
          Desde hace unos días son pocos los que me siguen. La mayoría se ha instalado en diversos oasis –fruto irrefutable de su creación, como lo fueron el día y la noche, el mar...–; algunos creo, han fallecido. No intento escapar. La única puerta de salida se ha perdido en una paradoja del lenguaje binario o en un mero error técnico. Sólo intento aminorar el sufrimiento. Durante los primeros días los ataques solían ser más frecuentes. Me rodeaban con la parsimonia de la veneración, un poco avergonzados de su sed de barbarie, después osaban tocarme, rasguñarme hasta ver brotar en mí la sangre que podían beber desde la concavidad de sus manos. De mí no queda más que la piel curtida pegada a los huesos.
          Ahora sé que no hay un Dios. Sólo existe el mecanismo, llámese de supervivencia, o en el mejor de los casos, de creación. Para algunos el resultado del mecanismo es bello. Para la mayoría de la gente, el mundo es lo que es: un circo en el cual el único fin es evitar terminar siendo el payaso, en general, sin embargo, cada hombre termina siéndolo a su manera.
           
           
Así termina el último registro del programa guardado en el archivo “Ile Verte”. Al parecer, su creador nunca supo dilucidar la existencia virtual o real de los invasores. Cuando el cadáver fue descubierto, aún estaba conectado al programa en todas sus zonas neurálgicas y glóbulos oculares. Por las contusiones en los músculos y la extenuación general del cuerpo, se adivinan sufrimientos extremos. Las muestras de semen sobre su cuerpo denuncian actividad sexual. Sólo uno de los convocados fue rescatado con vida –los demás no lograron huir del desierto: quizá no querían hacerlo–. Una vez su salud estable, fue sometido a diversos interrogatorios. Preocupados por la razón científica de la invasión virtual, el “Servicio de Inteligencia” realizó varios estudios sobre su experiencia. Leyendo algunas de sus frases registradas en el archivo “Interrogatorio 2B. Ile Verte” reparé en la siguiente:
          “No dudé en aquel momento, como nunca lo había hecho antes, de la realidad que estaba viviendo. Ahora, en cambio, dudo de la existencia de quienes me rodean, de las razones que me dan para afirmar que la construcción del Templo fue una fantasía, dudo de todo. Ahora que ya no poseo mi realidad, dudo incluso de la posibilidad de mi muerte. Nunca pensé desear tanto como ahora que ya no puedo morir.'

© Alejandro Ramírez, 2005
Publicado en Testamento de la carne y el espíritu, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2005

Testamento de la carne y el espíritu, de Alejandro Ramírez

Las imágenes más fascinantes y los espejismos más engañosos aparecen en los desiertos. Los nómadas que se internan en ellos deben renunciar a lo superfluo a fin de dominar los secretos de ese laberinto tan vasto, donde ha muerto más de un emperador. Sólo con la máxima determinación y sin perder de vista el sentido de lo sagrado es posible explorar un oasis o, perdido en el centro del páramo, ser visitado por visiones de otra realidad. Este es el camino que se propuso el escritor mexicano Alejandro Ramírez. En su primer libro de cuentos –que equivale a decir: su diario de viaje, o su colección de anteojos oscuros- Ramírez transita por desiertos literarios que provienen de la Biblia, la narrativa de Kafka y la ciencia ficción. Lo integran seis dunas: “Génesis urbano”, “El poseído de Gadarra”, “Muerte y resurrección”, “Pez Playa”, “Salomé y el Profeta”, “Ile Verte”. Como cierto personaje de Italo Calvino, Ramírez colecciona la arena de los diferentes desiertos para mostrar que no hay dos iguales, si bien cada uno tiene su visionario y su santo. Reviviendo el origen de la humanidad en la relación del primer hombre y la mujer contemporáneos, reinterpretando con cierto sentido apóstata la figura de los endemoniados y Lázaros del Nuevo Testamento, reflejando las tentaciones que atormentan a los eremitas del futuro, el libro termina por deslumbrar con sus imágenes de un futuro probable que critica nuestra realidad: ¿Qué hay de verdad en la vida diaria? ¿Nos encontramos en la playa o el desierto? Más que el sueño de otra persona, ¿somos personajes de un escenario virtual, obra de un programador hiperrealista? Con su cadencia, con inteligente ironía, los cuentos que integran el Testamento de la carne y el espíritu exploran el sexo, el sueño, la soledad y el deseo, pero sobre todo el Apocalipsis, otro hijo del desierto. Quienes sospechan que este último equivale a una suma de caos, destrucción y muerte, gracias a estos cuentos impredecibles de Alejandro Ramírez, recordarán que en realidad significa revelación del sentido oculto, de la materia oscura con que están hechas las apariencias de todos los días.

M. S.