Canta el artista

Por Ana Xóchitl Ávila

El miedo se apropió de sus rasgos, huesos y ángulos brillaron exsangües sobre el fondo obscuro de su rostro arrugado. Tenía treinta años y catorce de emperador.
- ¡Repite! Ordenó.
- Lo abandonaron, señor.
Nerón pidió su cítara, quería cantar. En efecto, él, él mismo era un personaje grandioso: el monarca de tragedia traicionado y en peligro. Un artista por añadidura, extraordinario: el ganador de todos los concursos del orbe. Y quería cantar. Cantar bajo la doble bóveda de la sala principal, la de las mil recepciones o bacanales, según algunos. Pero, la Casa Áurea era una nave en naufragio que libertos, patricios y esclavos habían abandonado, en una estampida de ratas que cargaron entre dientes con los despojos. Aquí un lienzo, allá un arma y hasta las hojas de oro sobre los muros habían sido arrancadas.
Nadie, cargó, sin embargo, con la silla larga en la se estiraba el emperador. Y en el palacio abierto asomaban las siluetas asombradas de Acté y la nodriza y de uno que otro esclavo. Quiénes se reconocían a topes, en silencio, al cruce de una pieza, y rumiaban inquietos sin saber a dónde ir. Eran lo hombres del emperador y odiados como él, que repetían las actividades cotidianas en un simulacro de normalidad, pero fallaban, porque les faltaban los instrumentos, empezando por el tiempo.
Acté, era la única en conservar la lucidez, y con el médico a un costado, se esforzaba por convencer a Nerón de la necesidad de su última acción de Estado: El suicidio. Labor ingrata para todos salvo para ella. Porque lo amaba y la vida debía terminar en algún momento y de cierta forma, y para su ex amante ya no había elección: Roma esperaba su muerte, entonces y no después, y de su propia mano.
Solo que Roma ignoraba la cobardía que lo impregnaba, que lo hacía palidecer y sudar y que de prolongarse lo volvería estúpido. La crueldad, por alguna razón, se asociaba en la imaginación popular con el arrojo. Un error evidente.
Bajo la doble bóveda, cantó el emperador con la voz débil que siempre había sido la suya, la letra de una composición aprendida en la juventud, una obra de su maestro muerto, en dónde el intérprete, era Príamo, el rey castigado sin culpa. Decía la letra: “Arde Troya”, y Nerón cantó: “Arde Roma”. La ocurrencia lo hizo reír, y olvidó por un instante al médico a dos pasos, el escalpelo en mano, y la entera situación presente para regodearse: “Arde Roma”, volvió a entonar,  mostrando la dentadura blanca entre las barbas rojas. Luego recordó:
- Roma ardió durante diez días, y los patricios miraron encender sus casas sin una queja. Se quemaron los templos venerables y los trofeos militares, a manos de esclavos y libertos con estopas: mis hombres. La gente huyo como pudo, algunos con éxito para refugiarse en anfiteatros y en catacumbas, desnudos y con pocos bultos, verdaderas manadas de ciudadanos que calentaron su hambre al resplandor del fuego.
Roma ardió mal, Troya era de leño y fue una tiza, mientras el ladrillo y la piedra arden mal. A Séneca no se le ocurrió especificarlo en la letra.

Séneca, su maestro, y el autor de un sinnúmero de canciones que Nerón cantaba. El coraje le subió a las sienes, al recordar al filósofo difunto, un estoico acomodaticio y, al final, insoportable como todos los que ejercieron sobre él una autoridad, incluyendo a su madre. Una madre molesta que sin ser llamada se las arreglaba para importunarlo aun muerta. En especial desde que estaba muerta y durante el sueño.
Madre resentida que tenía el mal gusto de reclamarle al hijo su matricidio. Vieja Agripina que no entendió que él era emperador de Roma, y se lo tuvo que decir en un susurro una soga, cerca de la oreja, alrededor del cuello, mientras la ahorcaba.
Al igual que Séneca, quien aunque filósofo tampoco supo que a Nerón no se le enseñaba. Un hombre tan hábil que casi muere en su cama, pero al que terminó por perder su riqueza. Porque los emperadores necesitaban dinero y cada romano les heredaba una parte. De hecho y en cuestión de finanzas, el gobierno prefería a los traidores, por lo menos a los denunciados. En cuyos casos, el denunciante se convertía en el heredero y la proporción atribuida al emperador aumentaba. Y Nerón necesitó más dinero que cualquiera de sus antecesores, pues aquellos ganaban una gloria fácil en el foro o la guerra, mientras él la construía, paso a paso, en las artes. Músico, histrión, atleta y mimo. El, Nerón, él, el Artista. El único laureado de tantos concursos y sin competidores visibles. Y cómo no, si en su presencia, el talento se había literalmente muerto con ayuda de pociones y dagas.
Séneca también se murió, acusado de traición, denunciado por Nerón o por uno de sus hombres. Un método usual bajo este emperador que embolsaba el capital y arrojaba propinas al denunciante.
Mas hoy, en las calendas de enero, era su turno.

El médico se acercó:
- Señor, no hay tiempo.
Nerón tendió el brazo, el filo fue un pellizco que no alcanzó a cortar. El emperador lo había bruscamente replegado y se rehusaba a morir:
- Que muera otro antes y que me enseñe a morir.
Acté y la nodriza se miraron y luego al cobarde en posición fetal sobre la silla larga, en ese teatro grandioso que era la Casa Áurea a la que invadía el viento. Se oyeron relinchos: la facción adversa no tardaría en llegar.
- Una facción, suspiró la nodriza.
Se equivocaba. En realidad, Roma, Roma entera había elegido otro emperador y daba oportunidad al predecesor de dejar con dignidad la escena. Y los pretorianos rodeaban el palacio, cercándolo metódicos, haciendo ruido adrede, en un aviso de que se aproximaban. Pero, cruzado el umbral la orden era formal: la muerte y el oprobio público seguirían a su captura.
- Que muera otro antes y que me enseñe a morir.
Repetía Nerón.
Mientras el médico miraba furtivo hacia la salida y el rumor de las voces aumentaba.
Acté pensó que no habría tiempo, porque aun el desangrarse lo requería, y tendió su brazo.
- Médico, dijo, corte acá. Y a Nerón: yo te enseño.
La sangre corrió de los cuatro brazos bajo la doble bóveda de la Casa Áurea, que por sus ventanas sin párpados observaba a la multitud con antorchas y gemía débil:  
 - Qualis artifex pereo. Qué gran artista muere.

© Ana Xóchitl Ávila, 2006