AUTOCENSURA

 

Por Marcos Eymar

 

            No sabría precisar cuándo surgió la idea, y esa misma incertidumbre acerca de sus orígenes le garantizaba que no se trataba de una mera ocurrencia, sino de un proyecto de toda una vida que había nacido y se había desarrollado orgánicamente, y cuya cabal culminación no podía producirse sino con su muerte, la cual, así lo esperaba, sería tan sólo la antesala de su ingreso en el panteón de los escritores inmortales.
            Quizá en el futuro la mayoría de los críticos situaran la génesis del  opus magnum en la lectura emocionada que de la Commedia dantiana realizó en el verano de sus dieciocho años. No era - no podía ser - su intención negar el influjo que el grandioso poema había ejercido sobre la concepción general de su obra, pero no creía pecar de arrogancia al afirmar que esta influencia había operado más en el sentido de una cristalizaciónde materiales preexistentes que en el de una revelación del todo novedosa.  Desde su más tierna infancia había poseído algo que, a la espera de que los futuros estudiosos de su evolución artística acuñaran un término más preciso, se atrevía a denominar como "pensamiento escatológico". Este hecho, apoyado en una sensibilidad baudelairiana para las manifestaciones más extremas de la dualidad humana, y unido a su educación religiosa en el colegio de los padres Escolapios del madrileño barrio de Aluche, había creado el fermento creativo al que la rigurosa arquitectura del florentino había prestado forma.
            Desde luego no era cuestión de calcar un molde que, si bien había respondido con admirable justeza a la Weltanschaung escolástica, mal podía casar con la complejidad de la época en la que le había tocado vivir. La inversión literal y metafísca del parcorso dantiano, que, bajo una mirada superficial, podía aparecer como un frívolo ejercicio de reescritura posmoderna, se le había impuesto de manera natural, como una emanación directa de su propia sensibilidad. Se trataba en efecto de convertir el ascensus del poeta en una caída desde el cielo hasta el infierno que representara la desorientación moral y la profunda nostalgia del paraíso perdido que creía sintomáticas de su mundo. Aspiraba, ni más ni menos, con la legítima ambición que dan el talento y una voluntad inquebrantable, a restaurar la unidad perdida entre la poesía y las otras disciplinas de la episteme occidental, con la esperanza de reconstruir el espejo del Todo en el que el despedazado hombre contemporáneo pudiera por fin aprehenderse y reconciliarse consigo mismo.
            Desde un primer momento comprendió que la tarea que se había impuesto iba a exigir de él plena dedicación y que no existía ninguna garantía de que pudiese ser completada en el breve lapso de una vida humana. Pero sería faltar a la verdad y al ardor de su vocación insinuar siquiera que se le ocurriera la posibilidad de renunciar a tal proyecto. La Tragedia, como comenzó a llamarla para facilitar la rotulación de las carpetas donde empezó a hacer acopio de materiales, se le impuso como se nos imponen la muerte y el amor que es digno de tal nombre.
            La precipitación fue quizás el error que menos le costó evitar. Por la naturaleza misma de la empresa le resultó evidente desde un principio que sólo cuando hubiera alcanzado un grado suficiente de madurez intelectual estaría en condiciones de abordar la redacción definitiva. Decidido como estaba a dotar su obra de la mayor densidad sociológica y vital, descartó de antemano cualquier tentación de abandonarse al apasionamiento de la juventud. En los años en que muchos cosechan premios y admiradores con creaciones efímeras y decididamente imperfectas, él se consagró a aumentar su ya de por sí sólida cultura y a esbozar versos que únicamente bajo el discernimiento de su plenitud creativa habrían de encontrar su expresión final.
            Sólo quien no conozca el talante inconformista de todo temperamento genuinamente artístico podría pensar que a lo largo de todos esos años de obsesiva propedéutica, el proyecto original de la Tragedia permaneció inalterado. Si en principio los tercetos encadenados del original dantiano le habían parecido la mejor opción por lo que tenían de inusual y de reciamente expresivo, pausadas meditaciones y fructíferos intercambios verbales con amigos escritores le inclinaron a considerar la prosa como el mejor vehículo para hacer palpitar el Zeitgeist en su epopeya filosófica. En contra de lo que pudiera parecer, en su decisión no pesaron factores técnicos; a pesar de la rigidez del molde métrico su facilidad innata para la versificación hubiera sin duda producido resultados óptimos en ésta como en formas más laxas como el romance o la silva. El cambio obedecía a la misma razón por la que, tras la lectura pública de algunos fragmentos ante un público escogido, representativo de las más avanzadas tendencias de su época, y no sin ciertas vacilaciones, decidió suprimir el Purgatorio y abreviar al máximo el Paraíso como partes geográficas del itinerario de su personaje: se trataba ante todo de alejarse lo más posible de una imitación servil del modelo clásico y de construir un equivalente que, sin perder un ápice de su profundidad, respondiese a las complejas realidades del presente.
            En efecto, a lo largo de los años,  a medida que su escritura adquiría el peso y la firmeza con que había soñado en su juventud, el centro de sus desvelos fue desplazándose progresivamente desde el plano puramente literario hasta otro de índole más general, que  correspondía a su plena asunción de su condición de zoón politikón aristotélico. Desde el inicio, había constituido una prioridad irrenunciable la de erigirse en poeta del pueblo en el alto sentido en el que los nacionalistas italianos habían acordado tal nombre al enamorado de Beatrice. A la luz de esta exigencia heroica, se le hizo patente la necesidad de ampliar el espectro de lo humano contenido en su Tragedia. No bastaba pues con reducir los encuentros del poeta en su descenso a las figuras más destacadas del pensamiento, la política y la cultura contemporáneas, como había querido en la limitadora arrogancia intelectual de sus veinte años. Junto a Joyce, Husserl, Wittgenstein, Roosevelt, Nelson Mandela, Einstein, Mao etc. fue incorporando, en una admirable confirmación del Homo sum et nihil me humanum alienum puto, una variada representación de caracteres relevantes de la intrahistoria, sin desdeñar a futbolistas, presentadores de televisión, folclóricas ni toreros, con que procedía a una sustancial apertura de horizontes y a una más profunda indagación en el alma de su patria.
            Dentro del conjunto armónico que había de formar la Tragedia resultaba claro que un desplazamiento tal de óptica tenía por fuerza que corresponderse con cambios importantes en otros aspectos de la obra. El primero y más importante de ellos afectó a algo tan indefinible y crucial como el tono. La gravedad casi apocalíptica de sus tanteos iniciales, aliviada apenas por ocasionales efusiones de una nostalgia elegíaca, fue sustituida por un estilo más desinhibido, capaz de alternar sin prejuicios la parodia fresca e hilarante con el revolucionario lenguaje de los SMS. Desde esta nueva perspectiva la elección de Nietsche, Freud o Proust como posibles guías en su descenso a los infiernos se le antojaba incongruente. La búsqueda de alternativas creíbles constituyó una de sus mayores preocupaciones en una fase de la gestación de la obra que bien cabría calificar de decisiva. Dan Brown, Georges Clooney o Stephen King fueron algunas de las  opciones que barajó antes de, animado por los estímulos de su madre, decantarse por  Frank Sinatra como el Virgilio que la epopeya del nuevo milenio necesitaba.
            Llegado a ese estadio de maduración, la elección de un recurso estructural que permitiera hacer avanzar la acción de manera fluida y natural se reveló como el último escollo. Su rechazo del erróneo concepto romántico de la autoría le permitió aceptar sin escrúpulos entorpecedores la brillante sugerencia de su futuro editor acerca de la incorporación de una trama policíaca que, además de dinamizar la peripecia narrativa, actuara como un trasunto simbólico de la eterna búsqueda humana de la Verdad. Más reservas le inspiró en un principio la adición de algunas escenas eróticas pero éstas, ante su gran sorpresa, lejos de banalizar el conjunto, potenciaron la presencia de la pulsión amorosa como auténtico principio regulador del Universo que, desde un inicio, había constituido una piedra angular en su cosmovisión.
      Cualquier otro autor menos exigente, menos sincero, menos imbuido de la importancia de su creación, habría encontrado fácil el camino restante, una vez que el diseño general del libro y de no pocos pasajes esenciales había sido definitivamente perfilado. Sin embargo puede decirse que justamente ahí empezó la parte más ardua de su labor, una agotadora lucha diaria con las palabras para alcanzar la correspondencia perfecta con los más sutiles matices de su pensamiento. Como si décadas de gestación no bastaran, cuestionaba a cada paso la idoneidad de cada vocablo, avanzando siempre en la dirección de una más iluminadora simplicidad, atento siempre, desde la libertad soberana de su ímpetu creador, a cuantos consejos y sugerencias pudieran ofrecerle las personas de su confianza. Reflejo aleccionador de ese constante batallar consigo fue la evolución de los títulos, desde el embrionario " Humana Tragedia " y el pretencioso " Los infiernos celestes " hasta la sobria eficacia de "Caída total ", la delicada retranca de "Los ligueros de Satán " y la impar contundencia de " Sexoland ". 
Sucede a menudo entre las grandes naturalezas artísticas el que, cuando parecen haber alcanzado el límite que sus admiradores y ellos mismos se han marcado, descubren regiones nunca antes holladas y se precipitan a ellas en busca de nuevas fronteras creativas incomprensibles para el común de los mortales. Así, cuando, según todos los indicios, la magna obra había sido completada, cuando el visto bueno del editor y el elogio de los primeros lectores oficiosos hacían presagiar su rápido ingreso en el canon occidental, una crisis de proporciones inconmensurables le llevó a encerrarse con el manuscrito y a proceder a una destrucción sistemática del mismo. Fue un espectáculo terrible y grandioso a un tiempo ver al autor tachar, rasgar y quemar las páginas que habían constituido el objeto de su existencia toda, persiguiendo quizás, en el sobrecogedor cenit de su vocación de escritor, la quimérica palabra que fuera el alfa y la omega de los tiempos.

            Según las más fiables indagaciones filológicas, contaba cincuenta y cinco años cuando escribió la única frase completa que de él se conserva: " Idos a tomar por culo". Presentada a un concurso de relatos hiperbreves, resultó galardonada con un accésit. Cuando el jurado emisor del fallo trató de ponerse en contacto con el autor para comunicarle la buena nueva, descubrieron que se había quitado la vida hacía ya algunas semanas.

Marcos Eymar ©

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