Bogópolis

Por Camilo Bogoya

LOS AMANTES

Los ríos, la luna progresiva y hasta el peso de los astros cambia. Ella cerró el libro y repitió de memoria el verso, y él supo que se lo estaba inventando, y ya se veía escondido en el baño devorando el libro porque estaba seguro de que ese verso que ella repetía sin dolor era apócrifo. Él quiso poner las cosas en claro, le quitó el libro de las manos y leyó en voz alta: vete, vete lejos, en todo caso yo ya me he ido. Ella le rapó su libro, sus versos, y dijo más fuerte: ojos de buitre, costal de huesos. Él se abalanzó sobre las páginas, le dio la espalda, recordó sus épocas de actor y recitó con dicción impecable: niña de suburbio, con olor a ajos y sudores en el culo. Ella le dio un puñetazo que le destronó los molares, recuperó el libro de tapas amarillas y con serenidad agregó: ¡cuántos me hicieron feliz por un lado y por el otro mientras tú te consumías en crepúsculos! Y él la sacudió con violencia por los hombros, tomó de nuevo el libro y mientras lo iba rasgando, página a página, con voracidad criminal, gritó con una voz que ya no era la suya: este hombre rendido y humillado, sin embargo te, y la puerta retumbó, quedándose solo entre quinientas ocho páginas despedazadas.

 

LOS VESTIGIOS

Las doce bolsas las compré en el supermercado. Boté una camisa con manchas de naranja, una sábana azotada por las brisas, el libro descuadernado que leímos los dos. En otra bolsa metí el televisor, nuestra colección de pilas y bombillos, tu secadora de pelo que nunca funcionaba entre mis manos. En otra coloqué los girasoles muertos, los pocillos desorejados, los treinta y dos trozos del jarrón de barro que hicimos en nuestra breve carrera de escultores. Luego en una hoja escribí amor, en otra culito, en otra porvenir, en otra pasado, y cada palabra la asfixié en una bolsa diferente. Luego te dibujé para sofocarte junto a todas las fotografías y postales robadas de nuestros viajes imaginarios. Luego busqué debajo de la cama, entre los libros, al final de los cuadernos, en el computador los poemas y canciones que te había escrito. Después destrocé tu almohada, quité el espejo del baño, la cacerola que te gustaba, la botella de vino que no habías terminado. Con la última bolsa hice un globo, soplando fuerte para que en ella quedara el aire que respirábamos, y te me salieras del cuerpo. No tuve el coraje de bajar mis doce bolsas y con gran estrépito las boté por la ventana, y pude ver, en aquel atardecer incierto, un globo rodar sobre los tejados. Al día siguiente, mientras me enteraba de que los vecinos se habían quejado y el Servicio de Sanidad me imputaba una sanción, vi el globo que había sobrevivido a la noche y estaba a punto de ser masacrado por los pájaros.            

© Camilo Bogoya, 2007

 

Joven escritor colombiano nacido en 1978. Cursó estudios de Literatura en la Universidad Nacional de Colombia donde se graduó con una tesis sobre León de Greiff. Actualmente adelanta un doctorado en letras francesas. Ha publicado poemas, relatos y reseñas en revistas de España, Argentina, México, Francia y Colombia. Tiene un libro de cuentos inédito titulado El soñador.