Desde las cenizas
Por Vania Rosas Magallanes
Abro la puerta. Hace muchísimo frío ¿Por qué dejé abiertas las ventanas? Recorro todo el departamento para ver por dónde entra el viento, pongo la calefacción al máximo, tomo un cobertor y me recuesto sobre el sofá. Intento dormir pero es imposible, hace tanto frío que empiezo a temblar, el cuerpo se me va entumeciendo poco a poco y no puedo moverme.
Estás parada frente a mí, con tu cara perfecta y tus ojos tan grandes y verdes como de gato oriental.
-¿Cómo entraste? -te pregunto.
Me dices que te han dado permiso de salir a verme y te sientas a mi lado mientras el frío se hace cada vez más intenso, después gritas con un tono histérico:
-¡Yo no tuve la culpa, no sabía lo que hacía!
Nos conocimos hace muchos años. Yo asistía a un grupo de ayuda para familiares de pacientes esquizofrénicos. Me había casado con un hombre que pensaba que todo lo que ocurría en el mundo se refería a él y, aunque ya no vivíamos juntos, yo necesitaba ayuda psicológica. Tu hacías la limpieza de esa pequeña clínica donde se daban terapias de apoyo para distintas enfermedades. Nos cruzamos en el baño, tenías la cara y los brazos llenos de moretones. Te pregunté qué te había pasado, dijiste que te habías caído de la bañera y te habías golpeado con una silla. Yo te creí, pero luego te pusiste a llorar y confesaste que tu marido te pegaba, entonces me permití invitarte un café. Así me platicaste tu historia. Paulatinamente nos hicimos amigas. Sabías de mi vida, yo sabía todo de la tuya. Agradecías el hecho de tener una persona a quién contarle todas tus desventuras y que no juzgara la relación que tenías.
El hombre de tu vida, aquel que realizaba todas tus fantasías sexuales, aquel que consentía todos tus caprichos. Era el clásico conquistador, tenía a todas las mujeres que quería y tu te sentías orgullosa porque eras la única que lo poseía, al menos eso pensabas. Te lo habías ganado, como se gana a una bestia en una feria de agricultura. Antes de casarse te había dicho que eras muy fea y que además eras una idiota, pero lo amabas tremendamente. No había otro mundo que el suyo, no había otra felicidad ni otra tristeza, dejaste de vivir tu vida para vivir la de él.
Te golpeaba por el simple hecho de no haber planchado bien su camisa, te cacheteaba, te insultaba, pero a ti te gustaba porque después de golpearte te hacía el amor como un salvaje y te llevaba hasta el éxtasis. Después se levantaba de la cama a buscar una botella de alcohol y no la despegaba de su boca hasta estar completamente borracho, entonces volvía la violencia y te gritaba " puta " y tú llorabas hasta que te quedabas dormida.
Tienes la intención de tocarme el rostro, no puedo moverme y hago todo lo posible porque tus manos no me alcancen.
-¡No me toques! ¡No quiero que me toques!
Ahora escucho claramente el sonido de un niño que quiere llorar, comienza a llorar y el llanto aumenta hasta que se hace cada vez más fuerte y más claro.
¿Por qué llora? Me perturba, me pone nerviosa.
Ya no te veo y al niño tampoco, sólo los escucho respirar con violencia, sus dos corazones que se suman en una arritmia vertiginosa. Entra un poco de luz y se iluminan los ojos de ambos. Caminas lentamente hacia mi y sólo puedo verlo a él. Tu hijo empieza a cambiar de cara, tiene tu rostro. Mientras se transforma empieza a esbozar una sonrisa, abre los ojos, se ríe, balbucea y empieza a vomitar sangre sobre tu vestido. Sus dientes sucios y sus facciones parecen las de un adulto. Tengo náuseas y empiezo a toser.
-Tenía mucho miedo -dices- tenía que acabar con la situación y no se me ocurrió nada distinto.
Te daban miedo los cuchillos. Cuando tenías que picar algo para cocinar te ponías a rezar. ¿Qué obtenías de un hombre que se atreve a aventarte el plato de sopa caliente en la cara y luego te amenaza con un cuchillo, porque no cocinas como su madre ? Quemaduras de tercer grado y una cirugía reconstructiva. Tu estrategia era la de tratar que estuviera contento para que no volviera a hacerte daño. El sólo hecho de que no quisiera matarte te aliviaba y te generaba sentimientos de amor y compasión. Aunque tenías miedo, no podías odiarlo y siempre creíste que era una buena persona.
Un día te golpeó con el palo de escoba porque creía que te acostabas con su hermano. Casi te mata, pero el artefacto se rompió en el muro. Te dejo inconsciente y fue a abandonarte a la entrada de un hospital de manera anónima. Cuando despertaste había un médico del ministerio público preguntándote como habías sido violada. Tenías las piernas llenas de moretones y el sexo desgarrado, deshecho. No sentías nada porque aún estabas bajo el efecto de la morfina. Dijiste que no te acordabas. A los dos meses supiste que estabas embarazada.
El sonido de sus dos corazones no cesa, cambia con el ritmo de tus pasos, oigo tus pasos que se aproximan hasta estar de nuevo junto a mi. El niño llora estruendosamente, ¿por qué no vas a verlo? ¿Por qué huele a quemado? ¿Por qué hay tanto humo? me falta el aire, no puedo respirar, y tampoco puedo moverme. Me miras con tus ojos más abiertos que nunca y no te reconozco, ahora tienes la cara de tu hijo y te empiezas a descomponer. Tu piel se deshace y cae en pedazos sobre mi.
Cuando llegué a tu casa había policías y bomberos cercándola y mucha ceniza. Una nube negra envolvía la zona. Ya no estabas ahí. Todo estaba quemado, las esperanzas y los recuerdos se habían esfumado. Me pregunté donde estaría el niño.
Uno de tus ojos verdes rueda por el piso, el otro se achicharra. Te pones de pie y empiezas a gritar. El humo ha llenado todo el espacio. El llanto del niño se vuelve desesperación y yo estoy entumecida. Voy a morir.
Grito y toso al mismo tiempo y mientras toso más y más fuerte siento que voy a vomitar y algo comienza a salir de mi boca, son cabellos que me ahogan, vienen con un trozo de piel carbonizada y sangre. Vomito pedazos de carne tierna hasta que me desmayo.
Me confiesas que fuiste tu la que los mató a puñaladas a ambos. También la que prendió fuego a la habitación para morir los tres calcinados.
Abro los ojos.
© Vania Rosas Magallanes, 2005
|