Al pueblo llegó un fulano

Por Miguel Antonio Tapia

mas como voy a escaparme
te voy a contar un cuento...
Los Tigres del Norte

Un intenso calor y un tufo a tiempo avinagrado me saltaron al rostro cuando abrí la puerta. Cegado por la repentina penumbra del salón, avancé indeciso hacia la barra, cuyas líneas se dibujaban poco a poco frente a mí. Aquella cantina, semioculta entre los comercios y carteles de la avenida, era ideal. Sentí las miradas curiosas de los presentes, sumergidos en conversaciones desganadas, recorrerme de manera mecánica a través del humo de cigarro y los resuellos de acordeón. Devorada por la ciudad, aquella anciana taberna era uno de los últimos sobrevivientes de su casta pura, antigua reina nocturna de la hoy gran ciudad, cimiento herrumbrado de nuestras noches perdidas. La presencia de tipos como yo en aquel sitio, eso lo sabía yo desde hacía mucho tiempo, no era común. Pero era mejor así; mejor para el reencuentro, mejor para el olvido. El cantinero, de bigote y mirada plácida, me recibió con una sonrisa y me sirvió de inmediato el tequila que pedí con voz firme. Me empujé el tequila de un trago. Un calor rugoso bajó por mi cuerpo, plantándome de golpe sobre el piso cubierto de tierra y escupitajos. Unos segundos después, comencé a sentirme mejor.
          Hacía ya mucho tiempo que no visitaba un sitio como aquél. Desde mis primeras experiencias de adolescente, a la conquista del pequeño pero intenso mundo en que nací; desde aquellas excursiones de reconocimiento, de impaciencia ante aquel tiempo sin prisa, no había vuelto a frecuentar las cantinas. Ahora me bastaban las reuniones y cenas en casa de los amigos, y una que otra noche en algún bar de moda. Encontrar la cantina perfecta no había sido fácil: había tenido que pedir vergonzosas recomendaciones. Pero no me importaba. La visita de esa noche sería un redescubrimiento, un reencuentro. Pedí otro tequila. De nuevo la inmóvil sonrisa del cantinero. Dejé el vaso vacío sobre la barra y me volví para observar el salón. Las miradas poco a poco se desinteresaban de mí, volvían a buscarse entre ellas. Aquí y allá aparecían grupos de hombres sentados bajo su pequeña nube de humo, el cabello hecho un lodazal entre el sudor bajo el sombrero. Sus voces eran lentas, sus pieles duras, su presencia ambigua. Sus rostros lucían cansados, como inmersos en un aburrimiento que ya no tenía sentido. Los imaginé enfrascados en la repetición de una conversación ya muchas veces sostenida.
          A medida que me sentía desapercibido me dejaba envolver por aquel ambiente. Una gota de sudor terminó de formarse sobre mi sien y se descolgó en un hilo lento y frío contra mi cara. La sequé con la manga de la camisa, y junto con ella me saqué el ardor que arrastraba desde la calle, que a esa hora era un incendio despoblado. El mismo olor que en un principio me fue hostil se tornó fresco y amigable. Llené gustoso mis pulmones. Me sentía relajado. El malestar inicial de mis zapatos tenis y la camisa de vivo color azul se disolvieron en la humedad de la atmósfera. Sin embargo, no iba a ser tan fácil. Apenas me relajaba cuando me volvió el recuerdo. Su recuerdo. Era aún muy confuso, y lo único claro era ese malestar insoportable y recurrente que me revolvía el estómago. Gloria. ¡Me lleva...! Toda aquella situación era, sencillamente, una estupidez. Pero no pensaba ceder. Me había propuesto no pensar en ello: estaba ahí para olvidar.
          Desde el fondo del salón me llegaba una vaga música, el murmullo de un acordeón oculto como un fantasma detrás de la cortina de humo. Me era difícil identificar la melodía, pero no me quedó duda de que se trataba de un corrido. Un hombre entonó con voz cansada unos versos que fueron celebrados por la concurrencia con gritos y manotazos sobre las mesas metálicas. Tampoco reconocí aquellos versos. Los corridos que conocí mucho tiempo antes, y que tanto me habían gustado, comenzaban ya a borrarse de mi memoria. Los años y las modas nos habían distanciado. A Gloria no le gustaban, por toscos, decía ella. Los boleros, esos sí que le llegaban. A veces sin motivo comenzaba a cantarlos muy quedo con su voz suave, delgadita...
          ¿Otro tequila, compa?, me preguntó el cantinero sacándome de la oscuridad donde yo insistía en meterme. Mejor una chela, hace calor, contesté. En su sonrisa creí percibir cierta complicidad. Dos segundos después una botella escarchada de Pacífico humeó sobre la madera de la barra. Buen tipo, este cantinero. Me inspiraba confianza; por un momento lo percibí, casi sin darme cuenta, como mi punto de contacto con aquel mundo tan cercano y distante a la vez. Sería tal vez el dueño del lugar. Lo imaginé metido desde siempre detrás de aquella barra, atendiendo bebedores de toda condición y alcance, escuchando las historias más inauditas. Sabía tratar a sus clientes, pero sobre todo tenía ángel, tenía esa simpatía. Hay gente así. Como Gloria... ¡Vuelta la burra al trigo! ¡Me lleva...! Decidí darme unos segundos para cerrar el tema, encararme y reprimir mi propia cobardía. Se me ocurrió que quizá me dolía más mi incapacidad para enfrentar la situación, que el hecho de que aquel tipo, apenas llegado a la ciudad, en tan poco tiempo... No. Una estupidez. Ella no entendía. Terminaría por volver.... La frase resonó en mis oídos pronunciada por mi propia voz. Ajena. Extraña. “Volver”. Un intenso asco recorrió mi cuerpo.
          “Ahí llegó un fulano”, dijo un hombre que no vi acercarse, los codos apoyados sobre la barra, a mi lado. Vestía guayabera blanca y se dirigía al cantinero con mucha discreción. Su voz era tan dura como su olor; su actitud nerviosa. Desvié la mirada para no ser indiscreto. Giré con actitud distraída la botella entre mis manos. En esa posición pude distinguir cómo el cantinero echaba un vistazo experto hacia uno de los extremos de la sala. Casi de inmediato volvió la mirada a los tarros que secaba mecánicamente. “Vino a jugar con Martín”, agregó el hombre, arrastrando la voz en un susurro. El cantinero adelgazó la mirada penetrando los ojos del hombre de la guayabera, que parecía esperar una respuesta. Pero ésta nunca llegó. La escena se sostuvo el tiempo que llevó al cantinero secar nueve tarros con otros tantos giros de muñeca, y se disolvió cuando éste nos dio la espalda para acomodarlos en la estantería detrás de él. Me sentí descubierto. Giré con disimulo hacia el extremo de la sala en cuestión. Por entre la nube de humo y voces pude distinguir un hombre, sentado solo con un mazo de cartas entre las manos, la mirada fija en algún punto perdido sobre la mesa. Ese sería Martín. Tenía el rostro semioculto bajo el ala del sombrero, y no parecía percatarse del hombre que se acercaba a él por entre las mesas:
          •  Oye, Martín. ¿Nos echamos una manita de póker?
          Aquellas palabras penetraron mi memoria como un aguijón. Mi mente se paralizó ante el abrupto despertar de una realidad perdida. Un escalofrío sacudió los rincones más empolvados de mi recuerdo, tocando las raíces olvidadas de una anciana angustia, de una antigua turbación que en el momento no comprendí, pero que identifiqué enseguida. Lo supe, recordé que lo sabía: Martín diría que sí. Los dos hombres se enfrascarían en una feroz partida que iba a convertirse en aquella dramática leyenda, aquella terrible historia que nos marcó desde jóvenes, la epopeya que doblaría los corazones de hombres duros. El famoso corrido que los haría inmortales. Y yo era testigo de todo aquello. Todos lo éramos. Martín levantó la mirada luego de unos segundos, sereno, como si el tiempo le perteneciera. Pronunció aquellos versos cuyo eco percibo aún desde mi infancia, e invitó al destino a tomar asiento a su mesa. El paso estaba dado. La leyenda cobraba vida frente a mis ojos.
          Incrédulo, miré alrededor. En el salón, todo aparecía como antes. Los pequeños grupos permanecían inmutables en sus mesas. Sólo distinguí, por aquí y allá, tímidas miradas por encima del hombro hacia la mesa del rincón, mal iluminada y separada del resto de la cantina por una especie de halo intemporal. El evento había despertado cierta expectativa, pero era como si de pronto nadie supiera nada sobre el destino de Martín. Todos ignoraban, o fingían hacerlo, el trágico final de la historia que acababa de desencadenarse frente a nosotros. A través de una alta ventana, algunos niños asomaban sus caritas, parecían hervir bajo el calor de la calle mientras buscaban con la mirada la mesa de Martín. De alguna forma la voz se había corrido.
          Martín y el recién llegado se sentaron frente a frente. Sin dirigirse la palabra iniciaron el juego, midiéndose con la mirada. Ambos parecían tranquilos. Se habría dicho que era un par de amigos matando el tiempo mientras bajaba el calor. Sin embargo, en sus miradas había un brillo especial. Martín, con el sombrero puesto, el rostro inexpresivo, se concentraba en el juego. En aquella figura encontré algo familiar. Yo lo conocía. Lo veía ahora y lo recordaba en aquellos versos. Tuve la sensación de que en algún momento él levantaría el rostro, me miraría directo a los ojos y saludaría con una inclinación de cabeza, como reconociendo a un antiguo vecino. Sí. Era el mismo Martín. Entregado y valiente, apasionado a su manera. Plantado frente a su adversario, seguro de su deber, de su destino. Pero Martín no me reconocería. Ni a mí ni a nadie. Ajeno a aquella realidad, sus ojos registraban cada movimiento de los naipes sobre la mesa, calculaban en el aire. Me era imposible no ponerme de su lado, no simpatizar con él al verlo entregado a aquella ceremonia, a aquel rito supremo. En mi interior se gestaba ya, alimentado por la angustia que aquella historia me causaba, un sentimiento solidario, de identificación hacia el tahúr.
          Me volví con angustia hacia la barra. Sin proponérmelo busqué al cantinero, deseé ver alguna respuesta en su mirada. Pero él me miró distante y enmudeció con una expresión que era casi de lástima. Pensé en hablarle, preguntarle, sacarlo de su inacción, pero antes de poder decir nada él adelantó otra botella oscura: “tómese otra, amigo, hoy hace un calor del demonio”, y descartó cualquier posible diálogo. Se alejó después hacia el extremo de la barra, donde el tipo de la guayabera empequeñecía arrinconado frente a un vaso vacío.
          El acordeón del fondo había callado. El rumor de las voces se volvía insoportablemente monótono mientras las imágenes, las palabras, el ritmo de aquel corrido invadían mi pensamiento con una tormentosa claridad. Pude ver cómo el tiempo avanzaba sobre nosotros, pregonando sus vejaciones, escupiéndonos su desprecio, mientras las conversaciones se repetían por enésima vez en un canon monocorde e infinito. De pie y estúpidamente inmóvil, deseé desde mi más profunda voluntad que esta vez Martín venciera. No al adversario, no al juego: al destino, a su leyenda. Deseé que Martín pudiera escapar para siempre de las cartas, de la vida, de aquel corrido, del trágico final que se acercaba inexorable. Pero quien no juega no gana, y a Martín le gustaba ganar. Doblar siempre la apuesta. Martín lo sabría. En su momento, cuando sintiera el golpe de suerte, cuando tuviera una buena mano, apostaría fuerte, muy fuerte, no podía hacerlo de otra forma, y entonces... algún día tenía que terminar.
          Tomé mi botella de cerveza y avancé lentamente sin saber bien hacia dónde. Crecía en mí la conciencia de que no podía permanecer ahí, de pie en medio de aquella nube agria, presente y ausente, sin hacer algo por evitar la tragedia. Me aproximé con disimulo hacia el rincón donde Martín seguía concentrado en los naipes. Escuché a mis espaldas la voz del cantinero. Tuve la convicción de que se dirigía a mí, y entonces lo ignoré. Tres parroquianos me miraron con desconfianza cuando me acerqué a su mesa. Sus duras pupilas me siguieron acuosas mientras pasaba junto a ellos. Su recelo me inyectó valor. Supe que estaba haciendo lo correcto. Debía ayudar a Martín. Él era incapaz de ver su situación, no podía. Todo su ser se centraba en aquella partida. En aquella mano, como en tantas otras anteriores, se concentraba su vida entera.
          Comencé a creer que podía cambiar la letra de aquel corrido. Tenía ahora el valor, el tiempo, la voluntad. Ahora no podía suceder. Yo estaba ahí para prevenir a Martín. Yo no lo dejaría solo. ¿Su mujer? No. Esa opción no entraba en su código. Pero el destino no es tan honesto como Martín; guarda siempre cartas bajo la manga. Él es el traidor que tiende la trampa, acorrala, sabe que Martín no rechazará el reto. Antes, se jugará todo. Aquella idea, aquella terrible idea, sólo un as bajo la manga del destino. Martín merecía un mejor final, aún si eso significaba privar de su leyenda a la posteridad. Sí, al carajo su leyenda. Al carajo también la morbosa sed de héroes de todos aquellos que fingían pasar el tiempo, mientras en realidad abandonaban a Martín, lo dejaban morir para luego comer de su tragedia como bestias de carroña. Aceleraba el paso hacia la mesa del fondo, más decidido que nunca, cuando un sobrecogimiento ambiguo, un gemido seco en el pecho de Martín, el terror en sus ojos, me hicieron saber que el tiempo se me terminaba. Martín mostraba entre sus dedos su póker de reyes, aquel que a sus ojos lo autorizaba a ir más lejos de lo que jamás soñó, a apostar aún después de haberse jugado todo; la tentación despiadada, la inyección de soberbia: jugarse a su esposa. En las manos de su contrincante se destapaban cuatro ases. Martín perdió todo.
          Los reyes caen decapitados sobre la mesa, sobre el pókar de ases y los últimos fragmentos de la vida de Martín. El descenso ondulatorio que promete un final que se retarda, que alarga el martirio. Martín en una carrera precipitada contra nadie, contra nada. Solo él sale de la cantina, corre, busca desesperado el final. El fulano permanece inmóvil en la mesa frente a las cartas. Yo atestiguo petrificado los restos de la escena mientras recuento el detallado final que se cuela ya en el recinto, atraviesa las paredes, emerge desde el ambiente viciado, desde una voz que canta en el fondo del tiempo húmedo y caliente. El silencio se puebla de voces poco a poco. En mi impotencia quiero seguir al tahúr, disuadir a Martín que fue a buscar a su esposa. Martín que sin pensarlo y jurándole amor la traerá hasta la cantina, le dirá que la quiere. Martín que jamás renunciará.
          Dos siluetas aparecen en el umbral de la pequeña puerta abatible. Su sólo contorno basta para adivinar su turbación, su respirar cortado, su aliento que se apaga. Martín está de regreso. A su lado, en el lugar que debía ocupar su esposa, está Gloria. Gloria con el espanto metido en el rostro, la incomprensión tatuada en los ojos, que buscan una señal, una pista. ¿Gloria? Sí, ella junto a Martín, tomada de su mano, presa de aquellos dedos crispados. Martín actuando como un loco, incapaz de enfocar la mirada en un punto fijo. Gloria, ¿qué hace aquí? Ella no me ve. No me escucha. Martín ya se dirige hacia el fulano tirando a Gloria de la muñeca. Gloria arrastrada como un animal al matadero. Gloria de pie junto a Martín, frente al vencedor, en medio del asfixiante silencio.
          Una voz proveniente de tiempos lejanos atravesó entonces la boca de Martín: “Te entrego lo que más quiero, pero te la entrego muerta...” El tahúr cambió ante mis ojos. La simpatía añeja se abrió a la decepción; el respeto se me hizo añicos y se tornó en asco, en desprecio. ¡Cobarde, pusilánime! ¡Eso es lo único que siempre has sido! Desde mi interior una lejana convicción tomó importancia. Supe lo que tenía que hacer. Noté que siempre lo había sabido. Mi sangre la más espesa y caliente nubló mi mirada y mis movimientos. No hay tiempo. El miserable de Martín podía irse al carajo con su heroísmo y su mito de tahúr honorable, ¡podía irse con todo y corrido a la mierda! Martín miraba ya a Gloria a los ojos, revólver en mano, respirando como un huracán. De un salto me metí entre ellos, aparté a Gloria y me planté frente al cañón de la pistola que el tahúr sostenía ahora firme a la altura de mi entrecejo. Él me miró sin sorpresa, como si me estuviera esperando. En la inmovilidad de su rostro surgió como un presagio una mínima mueca, un esbozo de sonrisa. Vi el vacío de sus ojos repetirse en el pulso de su brazo, avanzar hacia su mano, alcanzar el dedo índice que acariciaba suavemente el gatillo del revólver. Supe que tenía que matarlo. Decidido a acabar con el tahúr, saqué la mano de aquel tiempo glutinoso y la llevé instintivamente a la cintura para tomar mi pistola... pero no la encontré.
          Junto a la nube del tabaco y el polvo, lo único que ahora puebla el recinto es el humo de dos fogonazos. Detrás de él, los últimos ecos del acordeón agonizan. Larga, pesadamente, exhalan el final de un corrido que nunca más escucharé.

 

© Miguel Antonio Tapia, 2004
Publicado en Los mejores cuentos mexicanos del 2004 , Joaquín Mortiz, México, 2004

 

 

 

Nació en Culiacán, Sinaloa, el 25 de junio de 1972. Estudió ingeniería civil, música, literatura y comunicación en su ciudad natal, la ciudad de México y la capital francesa. Se ha desempeñado como músico y productor audiovisual en México, y como periodista en el DF, París y Barcelona. Es representante de la revista TextoS (Universidad Autónoma de Sinaloa) en Francia. Actualmente realiza estudios literarios de postgrado en la Universidad Sorbonne Nouvelle. Su cuento “Al pueblo llegó un fulano” fue incluido en la antología “Los mejores cuentos mexicanos 2003”, publicada por editorial Joaquín Mortiz.