La gemela enmascarada
Por Garo F. Bens
La gorda Gertrudis Bocanegra era conocida en todo el barrio por sus brazos de luchadora. Vamos a echarnos unos tacos al pastor con la prima del Blue Demon, decían mis cuates al salir de parranda. Siempre nos sentábamos en una mesa cerca de la calle y desde ahí me gustaba observarla. La taquera era bajita, regordeta y sudorosa. Casi siempre usaba pantalones de licra, delantal verde y camiseta blanca que dejaba entrever dos senos voluptuosos.
Aunque tenía varios empleados, Gertrudis prefería preparar ella misma los tacos. Por eso la mayor parte del tiempo se la pasaba dentro del estanquillo de madera dando vueltas entre la plancha, la barra y el trozo de carne. Siembre así, como un trompo enorme girando en una caja de zapatos.
Lo que más llamaba la atención de la gorda Bocanegra no era su abundante bigote o la veruga espantosa que tenía bajo una oreja. Tampoco eran sus tetas enormes o su cabella teñida de rojo tomate. En realidad nada era comparable y tan llamativo como las dos sorprendentes masas gelatinosas y desproporcionadas que colgaban sin piedad entre hombros y muñecas y que por costumbre aún llamando brazos. Las mangas de su camiseta eran sólo una excusa para retener el exagerado volumen y darle forma a las extremidades superiores de esta señora. Me preguntaba seriamente cómo la cruel naturaleza, había logrado acumular en los brazos de la gorda tanta energía hecha materia.
Con el alcohol en la sangre y la música aún en la entrañas, nuestra creatividad se enemistaba con la dignidad de la Gertrudis. Vamos con la Reina de la “Triple A” proponía siempre el Nico al salir del antro. Checo decía que la taquera era en realidad la hermana del Perro Aguayo y que por eso, aunque estaba refea, no usaba máscara. El Carlos nos contó un día que la vio luchando en la Arena Coliseo. Pero justo cuando la Gorda intentaba realizar su mejor quebradora con candado la gente comenzó a gritar que mejor se bajara del ring, pues no les dejaba ver el espectáculo. Puras pendejadas como siempre.
En secreto, yo prefería imaginar que la pobre mujer era en realidad la hermana del Santo, el Enmascarado de Plata. Visualizarla con capa plateada y mascara brillante me hacía recordar mis años mozos, cuando a través del televisor, veía al héroe de Tulancingo salvar la tierra de la fatal invasión de las mujeres vampiro. Muchas veces la vi en mis sueños luchando junto al Santo para defender a todos los mexicanos de los marcianos o del dúo terrible de Drácula y el Hombre Lobo.
Nunca se lo conté a nadie, pero cada vez que llegaba al puesto de tacos, la Gorda Gertrudis me coqueteaba. Al principio no estaba seguro si era en mi cabeza o en el rostro de la taquera donde las miradas se convertían en ojitos, y las sonrisas en besitos lanzados a distancia. Pero después de un par de meses, las pruebas fueron evidentes y las dudas desparecieron: la Gertrudis me estaba ligando y las cebollas me lo confirmaron.
Aunque la taquera era un reguilete en intempestivo movimiento, también era una atenta observadora. Ningún pormenor de lo que sucedía en su puesto, ni el más mínimo detalle de lo que pedían sus clientes, se le escapaban. Y estando un día en pleno ejercicio de sus capacidades de observación, la Gertrudis percibió que a mí me encantaban los tacos al pastor con mucha cebolla y decidió aprovecharse de mi gusto por esta impopular verdura.
Tras las miraditas y los habituales besitos de bienvenida, la Señora Bocanegra esperaba que me llevaran la orden de tacos hasta mi mesa para comenzar el ritual. Cuando yo estaba a punto de dar la primera mordida, ella meticulosamente se quitaba el delantal, se arreglaba el cabello y dejaba lentamente su puesto de madera y caminaba hacia nosotros. Y aunque pretendía ir a saludar a todos los clientes, siempre al llegar a mi mesa, extendía su enorme brazo para dejar junto a mí un platito repleto de cebollas bien picadas con una rajita de limón. Contoneando las caderas y con una sonrisa pícara y bigotona, la luchadora regresaba a su estanquillo donde segundos más tarde comenzaría de nuevo a girar su circunferencia muscular.
Lo más sorprendente de todo es que a mí el coqueteo de la gorda y sudorosa Gertrudis me fascinaba. Yo pasaba horas y horas imaginando cómo habría sido de joven y cómo sería estar en la cama con esta mujer. Incluso durante varios meses creí seriamente que Doña Gertrudis era la protagonista de El Santo contra las Momias, mi película favorita del superhéroe. Yo sentía un delicioso placer al pensar que la mujer que compartía la sangre heróica del Enmascarado de Plata era también quien me servía mis tacos de carne de puerco con piñita, salsita verde y bastante cebolla.
Nuestras conversaciones sobre la Gorda Gertrudis eran eternas pero siempre concluían de la misma manera. El Checo que era el más sabiondo de todos nosotros, resumía diciendo: ya les dije, la Gertrudis es la Mujer Maravilla hecha gladiadora y emigrada a Monterrey. Insisto pura pendejada.
Un día la Gorda Gertrudis no fue a trabajar. Los empleados informaron a la clientela que la dueña estaba enferma, que traía un problema en el corazón y que estaba muy grave internada en la Clínica 8 del Seguro Social. Sin entender exactamente porqué, me entró una angustia terrible y un sentimiento de desolación. La mujer del Brazo de Oro, como le decía el Checo, estaba muriendo y yo no sabía qué hacer. Yo me sentía triste y la verdad era que sus sonrisas y sudores me hacían falta. Impotente, decidí entonces ir todos los días al puesto de tacos para tener noticias de la Gorda Gertrudis. Enterarme del estado de salud de la hermana del Santo era lo menos que podía hacer por mi heroína.
Días después de su hospitalización, al puesto llegó un tal Jobita que resultó ser una pariente lejana de la Gertrudis. La mujer hablaba hasta por los codos y rápidamente me enteré de muchos detalles del pasado de la Gorda Bocanegra. La tía Jobita, como la llamaban los empleados, decía que en otros tiempos, cuando el PRI era siempre el Gobierno, doña Gertrudis había sido extremadamente bella. En pueblo le decían la reinita de Hidalgo y al partir a tierras regias, los hombres lamentaban profundamente su ausencia y las mujeres envidiaban su añoranza, explicaba la vieja.
Prácticamente nadie sabía que la gorda había sido actriz y según decía Jobita, Gertrudis casi logró ser gran estrella del espectáculo, - Pero la pobre llegó tarde un día, y ya todos los puestos de diva estaban ocupados. Por eso dejó la actuación y el destino la convirtió desde muy joven en líder sindical. Dicen que durante la construcción de la Marcoplaza logró convencer a cientos para que pacíficamente dejaran sus casas y dieran paso a la megalomanía del gobernador Alfonso Martínez Domínguez. En recompensa había recibido el permiso para instalar su puesto de tacos en la vía pública en el mero centro de la ciudad. Una verdadera mujer, una heroína anónima, una leyenda discreta que ahora agoniza en una triste hospital de gobierno.- concluía metódicamente Jobita.
Las revelaciones hechas por la tía confirmaron mis sospechas. Gertrudis, la mujer-gladiadora, era de Hidalgo, fue actriz y una gran mujer. Por consecuencia tenía que ser hermana del Santo. Mi hallazgo me llenó de ilusión y de angustia.
Una semana antes de que la Gorda Gertrudis cumpliera dos meses en el hospital, se corrió el rumor entre los empleados de que la patrona estaba muy grave y que los doctores temían que muriera de un momento a otro. Fue entonces cuando decidí visitar el sanatorio.
Estaba en el piso siete en una obscura sala de cuidados intensivos. Su cama era la última de una serie de cuatro, y a contraluz, vi claramente su redonda figura entre las telas blancas. Estaba sola. Gertrudis, Gertrudis- dije suavemente sólo para confirmar que era ella. Levantó su inconfundible brazo al mismo tiempo que preguntó – quién es- y me acerqué lentamente hasta su cama. Respiraba con dificultad.
Mi corazón se aceleraba y mi sangre caliente me quemaba las venas. Ahí estaba ella, como una diosa voluptuosa esperándome en silencio, buscando nuestro encuentro. Nuestras miradas se convirtieron en un torpe huracán de inconsistencias y emociones. Sorprendida, qué haces aquí, la extraño, ojos grandes, pero a penas me conoces, sonrisa tímida, se equivoca, eres diferente a los otros chicos, ¿en serio lo cree?, ¿qué buscas?, una sonrisa más, los brazos tiemblan, tengo muchas, hace frío, ¿llamo a un médico?, ¡no! mejor acércate. Eres guapo, me gusta observarla, y yo a tí, silencio, hay algo en tus ojos, no sé qué, ¿crees en el amor?, creo…
Decidí sentarme en la cama junto a ella. Gertrudis transpiraba, comenzó a acariciarme el pecho, la cara. Yo nervioso, el sudor, los senos, mi miembro erecto, las palabras, la saliva… Acércate más Quique tengo frío, ojitos, balbuceaba algunas palabras, nervios, me quedé mudo pero estaba decidido a hacerlo, declararía mi amor.
Tras un profundo suspiro le confesé que soñaba con ella y que me excitaba su figura, su pasado, su calor. Sonreía, emoción, me tocaba, pequeño jadeo… Antes de besarla le declaré mi admiración y le susurré al oído mi secreto: te amo, te amo diosa mía, hermana del Santo, valiente y primorosa gemela del enmascarado de Plata, tú ¡oh amada de Tulancingo Hidalgo!, te amo.
Al escuchar estas palabras se detuvo. Me apartó de ella lentamente mientras su rostro se convertía en una mueca, su mirada fría me fulminaba. De repente, desde las profundidades de las sábanas el enorme brazo aguado y abundante de la gorda Gertrudis fue disparado a una velocidad que yo no imaginaba contra mi cara. El porrazo fue seco y potente, como el batazo de un beisbolista experto que busca volarse la bola y anotar una carrera. El bofetón me llevó hasta el piso, el dolor me impidió salir corriendo. Furiosa desde la cama, la gorda me gritó: ¡PENDEJO!, ¡vieja tu abuela!, ¡si yo fuera algo del Enmascarado de Plata sería su hija y no su hermana…!
Meses después regrese a la taquería. La Gorda Gertrudis seguía dando vueltas en su puesto de madera, siempre sudorosa, rechoncha y gladiadora. Ya no me sonreía ni me hacía ojitos, pero siempre de manera discreta, me servía mis tacos con cebolla extra y una rajita de limón.
© Garo F. Bens , 2006
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