Una mujer se pasea bajo la lluvia

Por Marcos Eymar

Siempre me ha gustado la basura. De niño, a la salida de la escuela, me entretenía curioseando en los contenedores para llegar lo más tarde posible a las peleas de mis padres. En los salones de mi provinciana ciudad natal no había más que enormes televisores, apabullantes muestras de cerámica local, torres Eiffel o Big-Ben dorados que conmemoraban lejanas lunas de miel. Entre los desperdicios, en cambio, podían encontrarse muñecos tuertos, revistas pornográficas, viejas radios que, al enchufarse, dejaban escapar un zumbido que era como la voz misma del pasado. Muy pronto comprendí que lo que la gente tiraba resultaba más interesante que lo que guardaba en sus casas. 
 Cuando me trasladé a la capital para estudiar Derecho, pensé que las cosas serían distintas. Allí, me dije, no tendría que buscar lo inesperado por los basureros. Recuerdo que, recién llegado desde la estación, dejé la maleta en mi minúsculo piso alquilado y me lancé a las calles. Caminé durante horas, como un mendigo del azar, embebido en la promesa de las ventanas iluminadas y de los miles de rostros nuevos. Tenía dieciocho años y quería crecer, sufrir por dentro el mismo cataclismo que me había alargado el cuerpo como plastelina y agusanado el vientre con deseos que no sabía cómo colmar.
 Sin embargo, una vez más, el hallazgo no llegó de las esquinas, ni de las butacas de los cines, ni de los parques por los que solía pasearme al caer la noche. Tampoco, como era de suponer, de los cursos en la universidad, que me aburrieron desde el primer instante.
Nada más comenzar las clases, yo había tomado la costumbre de ir a la cafetería de la vecina facultad de Psicología. La comida era todavía peor que en Derecho, pero la abrumadora proporción de chicas compensaba con creces lo detestable del menú. Siempre solía escoger visualmente a una estudiante para hacer más llevadera la laboriosa digestión de los platos. El día de mi descubrimiento, mientras trataba de dar cuenta de una paella de grano duro, observé a una pelirroja sentada en la mesa del fondo. Sería inexacto decir que me atrajo. La atracción implica una cierta concreción física y para mí, entonces, su delgadez, su media melena y sus delicadas ojeras eran tan inaccesibles como un sueño después del despertar. Cuando salí de la cafetería, ni siquiera lamentaba mi propia cobardía. A unos pocos metros de la puerta, había un gran contenedor adonde iban a parar los escombros de las obras del hospital universitario. El instinto adquirido desde mi infancia me hizo detenerme ante él y reparar en el voluminoso sobre verde, medio sepultado entre los cascotes.
No cobré conciencia de su valor hasta llegar a casa. Entonces pude abrirlo con tranquilidad y observar uno por uno las decenas de dibujos que contenía. A juzgar por su desigual elaboración, debían de haber sido realizados por niños de edades muy diferentes. Todos estaban hechos con lápices de colores sobre un folio blanco y llevaban el siguiente título en la parte superior, escrito con letra más o menos firme: "Una mujer se pasea bajo la lluvia".
Fascinado, coloqué sobre la cama todos los que pude. Aisladamente no presentaban un gran interés, pero juntos formaban una serie hipnótica. A pesar de su tema común, no había dos iguales. En algunos, la mujer era un ser asexuado, sin pies ni brazos, que flotaba como un fantasma en el blanco de la página; en otros, tenía unos  pechos enormes y una larga cabellera, y caminaba por la línea del suelo como por una cuerda floja. A veces se valía de una capucha o de un paraguas para protegerse de una lluvia que, en ciertos dibujos, le escurría del pelo en hilos tenues. El agua podía ser verde o roja, morada o naranja, y estar representada por dos gruesas gotas simétricas o por un diluvio de trazos nerviosos.
            Durante largo rato comparé los dibujos, cambiando unos por otros, como si estuviera jugando a un solitario. Aquellos inocentes ejercicios escolares, encontrados por sorpresa entre los escombros, se convirtieron en un enigma. ¿Por qué los maestros habían escogido precisamente esa frase? A primera vista, no parecía la más eficaz para inculcar en los niños la solidaridad o el respeto por el medio ambiente.  Observando de cerca las hojas, se veía que algunas comenzaban a amarillear, mientras que otras conservaban un blanco inmaculado ¿Quería eso decir que habían sido hechas en cursos distintos? En todo caso, resultaba difícil imaginar que alguien hubiera podido tirar sin más a la basura dibujos como aquellos, destinados a ocupar un lugar de honor en los dormitorios de padres orgullosos.
Por aquel entonces, todavía tenía tiempo de hacerme preguntas sin respuesta. Mi vida avanzaba con desesperante lentitud. Las clases se desarrollaban en un marasmo de indiferencia y probablemente habría dejado de ir sin el aliciente de la cafetería. La pelirroja con ojeras comía allí casi todos los días, siempre sola. Durante las semanas que siguieron, me dediqué a espiarla casi a diario. Comprobé su manía de hacerse crujir los dedos de las manos y de retorcerse nerviosamente el lóbulo derecho; confirmé que nunca se servía el menú completo, sino sólo el primer plato y el postre. Aquellos detalles acabaron por humanizarla y hacer más injustificable mi timidez.
 Después de comer, volvía a casa andando, sin creer ya en la sorpresa detrás de las esquinas. Una vez en la soledad de mi cuarto, delante de un ejemplar del Código Civil, nada me resultaba más fácil que abrir un cajón y ponerme a mirar los dibujos. Observaba el enorme impermeable amarillo de la mujer, o las flores diminutas que crecían en la esquina de una hoja. Adivinaba un rostro escondido detrás del paraguas, o una cándida mirada sin párpados que se perdía en el horizonte del folio. Me preguntaba con masoquismo por qué el mundo que me rodeaba no tenía la frescura de esos trazos infantiles.
Aquella rutina absurda habría podido durar todo el curso. Tal y como era yo entonces, nada me habría impedido pasar un año entero superponiendo los rasgos de la pelirroja a los de la mujer de los dibujos, o añorando la lluvia que meses de sequía habían convertido en un recuerdo lejano. Como suele ocurrir, el azar intervino cuando ya no lo esperaba y, un lunes en que la cafetería estaba llena, la pelirroja se sentó con su bandeja en el asiento de enfrente.
Nada me había preparado para aquella situación. El filete de cerdo se volvió aún más correoso en mi boca y, al igual que me ocurría de niño, me sorprendí ensalivando la carne, incapaz de hacerla bajar por mi garganta atenazada por los nervios. Procuré disimular mi estado, el vértigo que sentía ante la proximidad de sus ojeras. Después de acabar el gazpacho, la pelirroja abrió su yogur y, metódicamente, empezó a extraer con su cucharilla los pequeños trozos de fruta y a depositarlos en el borde del plato. No logré disimular mi sorpresa tan bien como mis nervios y ella se dio cuenta de que yo la miraba.
- Lo siento - me dijo con una breve sonrisa - Me gusta el yogur de fresa sin fresas.
El absurdo de la frase ejerció sobre mí un efecto liberador. Torpemente, conseguí preguntarle por qué no había encargado todo el menú.
- Estoy saliendo de la anorexia - me contestó con toda naturalidad.
Me quedé un momento sin saber qué decir.
- Creía que las anoréxicas no hablaban de su enfermedad - tartamudeé.
- Eso demuestra que estoy saliendo de ella. 
No era un principio de conversación demasiado prometedor, y sin embargo parecía como si Melania - así dijo llamarse - no hubiera estado esperando más que  aquel comentario. Levantándose de su asiento, me preguntó si quería un café. Yo era hipersensible a la cafeína, pero no tuve valor para negarme. Melania volvió de la barra con dos cortados, y, sin mediar explicaciones, se puso a hablarme de la anorexia. Desde un punto de vista sociológico, me aseguró, se explicaba por la sobreabundancia de las sociedades de consumo y por la presión de la publicidad. Sicológicamente, traducía un rechazo patológico a crecer y convertirse en mujer:
- La anoréxica odia sus senos y, con frecuencia, interrumpe su menstruación - me dijo - Eso es síntoma de un complejo de Edipo que no ha sido convenientemente integrado. Yo siempre he estado muy unida a mi padre que además, para colmo, es director de instituto, o sea, la encarnación perfecta del super-yo. La anoréxica quiere que su cuerpo se parezca lo más posible a un pene y que sea duro y alargado - Melania debió de darse cuenta de que yo estaba algo escandalizado y entonces, para disculparse, como si aún pudiera caber alguna duda, añadió: - Estudio Psicología...
No era exactamente el encuentro que yo había imaginado y, sin embargo, al salir aquel día de la cafetería, me encontraba en un estado de absoluta exaltación. Durante horas di vueltas por las avenidas de la ciudad universitaria, emborrachándome de luz. Al volver a mi habitación, no conseguí quedarme sentado más de un minuto. Por efecto del café, mi actividad cerebral se desbordaba e imprimía a los objetos una especie de vibración interior. Fue así como se me ocurrió la idea. Bajé corriendo a la papelería de la esquina y compré una caja de chinchetas justo antes de que cerraran. El resto de la tarde me dediqué a cubrir una pared entera de mi habitación con los dibujos.
Esa noche admiré mi obra desde la cama. A la luz tenue de las farolas de la calle, los límites entre los folios se emborronaban. La mujer se paseaba de hoja en hoja, bajo ráfagas de lluvia intermitente y multicolor. Las letras del enigmático título se encadenaban a lo largo de toda la pared y formaban una serpentina, o un acordeón cuya música, en la duermevela, se confundía con los ruidos de la noche: los coches, las cañerías, el llanto del bebé de la vecina. Poco a poco el mundo exterior se iba infiltrando en aquellos dibujos. El rumor del viento entre las hojas de los árboles hacía sonar la lluvia en el papel. La mujer se estremecía, miraba hacia el cielo, se ponía la capucha o abría su paraguas. Luego proseguía su paseo, engordando o rejuveneciendo al compás de su taconeo sobre los charcos. Antes de dormirme me dije que Melania tenía que contemplar ese espectáculo conmigo, a ser posible entre mis sábanas.
 Las semanas siguientes nuestras conversaciones se sucedieron con regularidad. En realidad, era ella la que hablaba; yo me limitaba a escuchar o a fingir que escuchaba. Con distanciamiento profesional, me puso al tanto de todo su historial clínico: hiperactividad, insomnio, crisis de histeria, obsesión neurótica por la limpieza.
- Hubo una época en que no podía dejar de lavarme las manos - me dijo - En cuanto tocaba el mango de la puerta para salir del cuarto de baño, me parecía que mis manos estaban llenas de bacterias y tenía que volver a empezar. Todavía me cuesta soportar los sitios un poco sucios. En cada mancha me parece ver un microbio gigantesco.
Su madre, divorciada, era una conocida psicóloga, que se pasaba medio año en el extranjero, impartiendo seminarios y conferencias. Desde pequeña la había mandado con los mejores especialistas. A los diez años, Melania ya estaba familiarizada con las teorías de Freud, había empezado una cura lacaniana y participado en varias terapias de grupo:
- Los niños tienen niñeras - me dijo - Yo tuve un psicoanalista.
Su fragilidad me hacía pensar en la mujer de  algunos dibujos, delgadísima, desamparada, con la lluvia resbalándole por los brazos como a un árbol seco. Si conseguía llevarla hasta mi habitación - y tenía que conseguirlo - podría reconciliarla con sus senos, compartir con ella el insomnio que ahondaba sus ojeras. Entonces llegaría mi turno. Le contaría cómo de pequeño, a la salida del colegio, siempre deseaba que lloviera para llegar tarde a casa con una excusa y no oír los golpes y los gritos. Le hablaría de esas horas pasadas bajo los soportales, rezando por que no escampase antes de que mi padre se fuera a su turno de noche y las lágrimas se secasen en los ojos de mamá. Entonces Melania podría evocar su pasado doloroso sin recurrir a Edipo o al complejo de castración. Juntos, delante de aquellos inocentes testimonios infantiles, conseguiríamos liberarnos de nuestro pasado y vivir por un momento la niñez que no habíamos tenido.
Un jueves de la tercera semana - me acuerdo del día porque los jueves siempre había de menú un intragable cocido de garbanzos - Melania dijo que estaba cansada de hablar de ella y me preguntó qué era lo que me interesaba además del Derecho. A mí por entonces no me interesaba nada - y el Derecho menos que nada -, así que no me quedó otro remedio que mentir:
- Soy artista - contesté - Es decir, un poco...
- ¿Plástico? - preguntó Melania, visiblemente interesada.
- Algo he trabajado con el plástico - respondí en mi aturullamiento - aunque sobre todo trabajo con cosas que encuentro...
- Más bien conceptual, entonces.
- Sí, bueno, por llamarlo de alguna manera... - en el momento preciso me vino a la memoria una frase oída en alguna entrevista por televisión y pude, ante mi propio asombro, dar el paso decisivo - En realidad, yo desconfío de las etiquetas - dije - Si te interesa, lo mejor sería que te pasaras por mi casa a que te enseñe lo último que he hecho.
Melania no pareció sorprendida por la proposición y aceptó sin dudar. Vendría el sábado a las seis. Anotó mi dirección en una agenda rebosante de papeles y subrayados. Yo la observé, sin creer del todo en la realidad de aquellos gestos.
- Hasta pasado mañana - dijo al despedirse.
La expresión me recordó lo inminente de la cita y me inspiró una angustia que fue aumentando de hora en hora. Esa misma tarde compré una escoba, una fregona, estropajos y detergentes. El viernes, a la vuelta de clase, baje a la lavandería con las sábanas y luego me puse a limpiar el piso por primera vez desde mi llegada. Ataqué cada rincón del baño, cada palmo del pasillo, cada escondrijo de mi habitación. Por momentos creí que yo también iba a volverme neurótico: al final de la agotadora sesión, me parecía ver bacterias por todas partes. A la mañana siguiente, volví a dar un repaso general, y luego estuve merodeando alrededor de la farmacia del barrio, antes de atreverme a entrar y pedir una caja de preservativos. Poco antes de las seis, revisé por última vez mi obra. Faltaba un toque  personal, y se me ocurrió incluir un dibujo mío en la serie. Lo ejecuté en menos de un cuarto de hora: la mujer ( pelirroja ) caminaba con un gran paraguas bajo una copioso aguacero.
Melania llegó puntual. Estaba guapa, con las ojeras camufladas con un poco  de maquillaje y el pelo alborotado por el viento.
- Va a haber tormenta - me dijo, algo nerviosa.
En menos de un minuto, le enseñé el minúsculo salón y la casi inexistente cocina. Esperaba un comentario sobre la limpieza que no llegó.
- ¿Dónde están tus cuadros? - me preguntó en cambio.
Despacio, jugando puerilmente con el suspense, abrí la puerta de la habitación. Había corrido del todo las cortinas y encendido una pequeña lámpara en la esquina opuesta para que no faltara la luz. La expresión de Melania al ver mi obra viró rápidamente hacia una mueca que no supe interpretar. Se volvió hacia mí y me fulminó con la mirada. Antes de que yo pudiera articular palabra, salió del cuarto, cogió su chaqueta del sofá y se dirigió hacia la puerta. Por suerte, pude sacudirme a tiempo la estupefacción e interponerme en su camino.
- ¡Déjame pasar!- me ordenó Melania.
- ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?- le pregunté, con los brazos extendidos, decidido a no dejarla ir.
- ¿Quién te los ha dado? ¿Cómo has sabido? - chilló Melania, al borde de un ataque de histeria.
Sumido en la más absoluta confusión, le expliqué como pude el hallazgo de los dibujos. Al principio, Melania no me creyó, pero algo en mi expresión atónita debió de convencerla de que decía la verdad. Su cólera cambió entonces de objeto:
- ¡En la basura! - gritó - ¡Qué hijos de puta!
Nunca antes había utilizado ese tipo de vocabulario. Tampoco la había visto gesticular de esa forma, como si estuviese rodeada de una espesa nube de moscas. Las músculos de su cuello se tensaron y empezó a respirar con dificultad. Después de dar varios pasos sin sentido, se dejó caer en el suelo y rompió a llorar. Yo me agaché y, con toda la delicadeza de que fui capaz, la conduje hasta el sofá.
Una vez allí, Melania me explicó, entre sollozos, que aquellos dibujos correspondían a un test psicológico conocido como la "Dama de Fay", cuyo objetivo era determinar, según un estricto baremo, el nivel intelectual y los posibles trastornos mentales del niño. Los pacientes debían escribir la frase "Una mujer se pasea bajo la lluvia" en la parte superior de un folio blanco e ilustrarla durante diez minutos. 
- Yo lo pasé con siete años-dijo- Mi madre me dejó sola durante horas en la sala de espera de un colega suyo. Yo estaba segura de que me había abandonado. Al salir,  me llevó a una cafetería y me dijo que mi padre y ella habían decidido separarse.
Estalló en un nuevo acceso de llanto y reclinó su cabeza contra mi pecho. Le pasé la mano por el pelo varias veces, mecánicamente, sin saber del todo lo que hacía.
-Lo siento mucho-le dije, consternado -No podía ni imaginármelo.
Noté cómo el rostro de Melania se hundía más y más en mi piel. Todo fue mucho más rápido de lo que había supuesto. En cuestión de segundos la ropa se   mezcló con la ropa, y la sal de las lágrimas con el amargor del rimel. Un poco más tarde tuve la sensación de despertar de un sueño confuso. Me notaba vaciado y algo sucio, como deben de sentirse las tazas cubiertas de posos. A mi lado,  Melania,  erguida ya sobre la cama, con los ojos fijos en la pared, se hacía crujir los dedos de la mano en un visible estado de excitación mental.
- La cabeza, según que tenga o no nariz, boca y orejas, cuenta un máximo de nueve puntos - dijo - Las piernas y los brazos, sólo cinco. No hay que pasar por alto detalles como los calcetines o las manos en los bolsillos. El paraguas es un símbolo de para-excitación, una proyección fantasmática del útero protector ¿Ves aquél de la esquina? Es el dibujo de un psicótico. La mujer no tiene rasgos, es una representación esquemática de la imago materna bisexual. El de abajo, sin lluvia y sin brazos, presenta todos los elementos de un cuadro depresivo severo...

En algún momento de la inacabable explicación, cuando hacía mucho que yo ya había dejado de escuchar, el bebé de la vecina se puso a gritar. Luego las gotas empezaron a repiquetear contra las ventanas. Me pregunté que sería de los autores anónimos de aquellos dibujos; me los imaginé desnudos en cuartos bruscamente fríos, o empapados en calles sin piedad. Desde aquel día, he conocido otros cuerpos y otras habitaciones. Nunca la ciudad me pareció tan triste como entonces, con la primera tormenta del otoño y esa pequeña mancha roja en la sábana recién lavada.

 

© Marcos Eymar , 2006

 

 

Nace en Madrid en 1979. Licenciado en Filología Hispánica y en Teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad Complutense de Madrid, también ha seguido cursos universitarios en Estrasburgo y Chicago. En la actualidad es becario de la Universidad Paris-III Sorbonne donde prepara su tesis sobre el bilingüismo literario franco-español e imparte un curso de literatura comparada sobre "Bartleby y la literatura de la negación ". Ha resultado galardonado en algunos certámenes literarios como los Nuevos de Alfaguara (1995), el Isabel de España de narrativa (2000) y el II Certamen de textos teatrales de la Universidad Carlos III (2003). Es crítico literario en la revista de pensamiento y cultura El Ciervo y miembro del comité de redacción de la revista Silencios.