Papel revolución
Por Iván Salinas
« Partager un secret, ce n’est pas savoir ou rompre le secret,
c’est partager on ne sait quoi: rien qu’on sache, rien
qu’on puisse déterminer. Qu’est-ce qu’un secret qui
n’est secret de rien et un partage qui ne partage rien? »
Jacques Derrida
A Miguel Tapia
El letrero de “Elevador descompuesto” acabó con mi ánimo. Poco me importaban las bolsas rebosantes del súper, llenas de alimentos, ni los 6 litros de agua gaseosa. Lo que me pesaba estaba en los bolsillos del saco. En medio de los recibos y de la publicidad que llenaban cada mañana mi buzón, encontré una carta con la letra de mi ex-mujer. La bolsa que tenía sostenida con los dientes dio contra el piso. El crujido del paquete de huevos haciéndose pedazos me produjo escalofrío.
No creo en supercherías. Sin embargo, no pude dejar de pensar que se trataba de un mal agüero.
-Pinche carta –insistí en voz alta-: ¿qué viene a hacer aquí?-. Estaba a punto de patear la bolsa en el piso cuando se abrió la puerta del conserje y escuché su voz chillona de descontento:
- ¿Pero qué hizo? ¡Pero por dios! ¿No puede poner un poco de…?
Algo debió ver en mi rostro, porque sólo levantó los ojos y se perdió en su casa, seguramente para buscar algo con que limpiar. La sorpresa de su mirada me hizo dudar en subir la carta o no: lo último que quería yo era acabar con la cabeza hecha un omelet en mi departamento. Metí el fajo de la correspondencia en mi saco. Por primera vez en tanto tiempo, los seis pisos sin ascensor me parecieron los más difíciles de subir.
Sin aliento, apoyé la frente sudorosa en la puerta mi departamento, esperé unos instantes para recuperarme. De nada servía apresurarse, me dije, como me repetía cuando llegaba con una borrachera fenomenal y apenas atinaba a introducir la llave. En varias ocasiones, los vecinos me habían descubierto alterado por el alcohol y el esfuerzo. Abrían la puerta pensando que se trataba de un ladrón, y la cerraban apenas descubrían mi saludo tartamudeante, fétido.
Sin embargo, único momento de agradable sorpresa, la llave entró esta vez delicadamente en la cerradura. Con el pie azoté la puerta, y dejé caer los víveres en el primer lugar posible. Deposité el correo en la mesa cercana al balcón, y del congelador fui a servirme un vodka. Lo apuré, me serví otro. Luego, yo que nunca hago eso, prendí todas las luces de todos los cuartos. Los objetos, acaso sometidos al efecto de sobreluminosidad, parecían vibrar. Pensé que tendría que decir algo, dejar de lado el miedo, pero me pareció inútil.
-Muy bien –dije.
Entonces abrí la ventana. Un aire húmedo proveniente del río producía una ligera brisa refrescante. La tarde estaba en sus últimos fulgores, y las luces de los edificios comenzaban a encenderse como panales nocturnos. Me senté, puse el caballito de żołąkova sobre la mesa y extraje el sobre. Sopesándolo, calculé dos hojas, acaso tres, poco gruesas.
-Tacaña – sonreí, hay cosas que no cambian.
Bebí un trago más, darse valor. ¿Para qué, pensé, para qué? La pregunta venía una y otra vez. Eso era demasiado para mí. Acaso lo mejor sería entregar la carta, mañana por la mañana, al conserje para que la devolviera al cartero con la mención “no vive más aquí”, o mejor aún, “muerte imprevista”. De pronto me asaltó la duda de que era eso lo que ella esperaba. Ella me conocía perfectamente, no ignoraba la manera en que me devoraba las entrañas cuando me asaltaba una obsesión . Me concentré en el encendedor con el que había encendido el cigarro que ahora fumaba. “Quemo la carta o no”, pensé. Di otro trago al caballito.
- Fiuuuuuuuuu.
Más que el silbido, inconcebible en ese barrio tan tranquilo de la ciudad, fue la potencia lo que me llevó a asomarme al edificio de enfrente. No sé por qué, tenía la certeza de que provenía de ahí. Tal vez la vecina de formas rollizas que me miraba de manera intrigada había pensado lo mismo. Un nuevo silbido, que subía claramente de la calzada, nos hizo reír a ambos. Al poner más atención, vi que estaba cubierta con una bata de baño y tenía el pelo húmedo. Permanecimos así algunos segundos, hasta que una corriente de aire cerró uno de las persianas de mi ventana. Ella levantó la mano en señal de saludo, y desapareció en algún cuarto –la recámara acaso.
Un poco menos tenso, me senté y abrí la carta, de donde saqué tres pliegos de papel revolución, cubiertos de una escritura abigarrada, concisa. Al fondo del sobre, y sin otra intención que la de indicar el tiempo recorrido por ella en otros lugares, había un número considerable de boletos de metro o de autobús, provenientes de varios países. Al revisarlos descubrí al menos diez lenguas. En total, había viajado por cuatro continentes en dos años. Perra. Un trago más de vodka, una sonrisa forzada en los labios. Comencé la lectura.
Deposité las hojas sobre la mesa, me levanté con un amargo resabio en el paladar, necesitaba más alcohol, comer algo. Conforme pasaba, iba apagando las luces de las lámparas, de los cuartos. Mi casa, que antes era un pozo de luz, volvía poco o poco a la tranquilidad nocturna a la que estaba acostumbrado. Abrí el refrigerador, tomé el frasco de anchoas españolas y la botella de vodka, acerqué un pedazo de pan. Masticando con lentitud, desgranaba las palabras que giraban con un zumbido aturdidor alrededor de mi cabeza como un enjambre de mosquitos. Acaso lo que acababa de leer era demasiado sencillo de comprender, pero no podía entenderlo.
Un grito que no comprendí, y el que incluso creí salido de mi propia casa, despertó un murmullo proveniente de la calle, cada vez más espeso. Me acerqué a la ventana, y en la calle descubrí a un grupo de personas que miraba hacia el edificio contiguo. Gritaban que no lo hiciera, que esperara un poco. Cuando volteé hacia la ventana de mi vecina, en el edificio de enfrente, su mirada expectante me confirmó lo que ya sabía: alguien quería tirarse desde la azotea. Bebí otro trago, y con el vodka bajando por mi garganta, recordé un sábado por la tarde. Dos semanas después de que ella se fuera, una angustia límpida, sin nombre, me había invadido por completo. En esa ocasión no había recibido nada de su parte, ni siquiera un pedazo de papel revolución. Mordí un pedazo de pan.
Busqué la carta y releí las primeras líneas: el tono que utilizaba era despreocupado. La muy hija de puta me escribía como si nada hubiera ocurrido. Así nada más, pensé, me dice que quiere volver. Como si nada. Me reí francamente, colérico, cuando un par de gritos agudos cortaron mi pensamiento. Hubo un silencio y luego un golpe metálico. Quién había sido, ¿un hombre o una mujer? Ignoraba su sexo, pero sabía que un cuerpo yacía en pleno corazón de la ciudad.
-Mal augurio, ave de mal agüero – pensé, sin poder evitar que un alivio me inundara. Me acerqué más a la ventana, y miré a la vecina que cerraba las cortinas y apagaba las luces. En ese instante sentí la necesidad de conocerla, de dormir en medio de sus piernas esa noche. Me dije que si me apresuraba a lo mejor podía alcanzarla. El encendedor chasqueó en mi mano, instantes después las hojas empezaron a arder en el cenicero. Sólo entonces apagué la luz y cerré con doble llave. Cuando estaba a punto de llegar a la planta baja, me vino a la mente la imagen nítida de la carta vuelta cenizas. Me detuve, y mientras me decidía a salir, de la calle penetraba cada vez con mayor fuerza el sonido de la ambulancia que venía a recoger a un muerto.
© Iván Salinas, 2006
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