Pocapena
Por Jorge Harmodio
Pero eso no importa ahora, que los ojos del toro nos miran desde lo alto del muro y hay un muerto entre nosotros. Clara se traga sus sollozos frente a mí, del otro lado de la caja. Don Fermín apenas parpadea, los ojos clavados en la cabeza del animal. El toro parece observar un punto lejano, perdido en la ventana. Es de noche. Estoy de pie junto al ataúd. No, no quiero ver al muerto. Prefiero esconder la mirada en el remolino de mi café helado, en sus vueltas al fondo del vaso. Cada cierto tiempo el aire apaga los cirios. Yo insisto en encenderlos. Con los ruegos humedecidos por el llanto, Clara le pide que a Don Fermín que lo baje de ahí. El hombre rodea el ataúd, arrima una silla al muro, empuña el destornillador y descuelga la cabeza. Entre sus brazos, los cuernos parecen más grandes. Sin toro, la pared se ve desnuda. Excepto por la foto adolescente de Currito. Currito de Triana.
La noche se nos viene encima. Quiero fumar. Sólo me quedan dos cigarros. Me llevo uno a la boca y le ofrezco el otro a Clara. También le ofrezco un cerillo encendido, pero el aire lo apaga. Pongo mi café en el suelo. Hacemos casita. Nos cuesta trabajo. Clara me agradece con algo que en otras circunstancias hubiera sido una sonrisa, pero ahora es apenas una mueca malograda. Este pensamiento me distrae y olvido el cigarro que aún cuelga apagado de mis labios. La gravedad se lo lleva. Cae. Rebota en un borde. Va a parar ataúd adentro. Clara no se da cuenta. Don Fermín tampoco porque está en el patio, en cuclillas, frente al toro.
En ese patio los conocí. Currito debía tener ocho o nueve años. Don Fermín estaba en cuatro patas, con unos cuernos de madera sobre la calva. Currito tenía en sus manos su primer capote. ¡Así no Currito, así no! Pero papi... A ver, dame ese capote. Fíjate bien: para recibir al toro por chicuelinas lo citas como en la verónica, pero giras para el otro lado ¿ves? Ándale, inténtalo de nuevo. Don Fermín se puso los cuernos y trazó una embestida sobre el capote. El niño cayó de rodillas. ¡Te digo que así no!, en sentido contrario, ¿no entiendes, eres imbécil o qué? Pero papi, es que yo no… Nada, nada, hoy vamos a practicar hasta que te salga. Entonces toqué la puerta. El niño me miró agradecido y desapareció en cuanto don Fermín se levantó para saludarme. Yo venía a cobrar la mensualidad de unas literas que don Fermín había comprado a plazos. Como soy aficionado a la fiesta brava, nos hicimos amigos en unas cuantas mensualidades. Don Fermín me invitaba a pasar y a veces abría una botella de tinto y me contaba anécdotas de su época de novillero. Se hacía llamar Fermín de Triana. Su sueño era tomar la alternativa en la Plaza Progreso. Trabajó duro para comprarse un traje de luces, entró a hurtadillas en las ganaderías para entrenarse con toros criollos, pero sus faenas nunca merecieron más de unas cuantas líneas en periódicos de pueblo. En su última corrida, la tribuna de sol le propinó pitos en el primero y rechifla unánime en el cuarto, para despedirlo bajo una lluvia de cojines. El empresario lo dejó de apoyar: ni modo Fermín, cuando a uno no le toca no le toca; a tu edad ya no hay alternativa, ya estás viejo para seguir en la novillada; lo más que te puedo ofrecer es trabajo de monosabio en la Progreso, ¿lo tomas o lo dejas? Y así, en un canje de sol por sombra, Fermín cambió la montera por la gorrita. La chaqueta de luces por el saco rojo. El estoque por un bote de cal con el que, caminando en círculos, se dibujan las divisiones concéntricas del ruedo. Se durmió como Fermín de Triana. Despertó como don Fermín, el monosabio. Poco después descubriría que las rechiflas y los cojinazos no habían sido en balde: habían ablandado el corazón de Clara, la muchacha que vendía boletos en la taquilla. Seis meses después de la boda nació Currito. Apenas lo tuvo en brazos, don Fermín lo soñó vestido de luces, saliendo en hombros de la Progreso. Y antes de cantarle la primera canción de cuna, don Fermín le susurró al oído: tú serás Currito. Currito de Triana.
Clara tararea una canción de cuna junto al féretro. La ventana del patio sigue abierta. Tengo frío. El aire vuelve a apagar los cirios. Yo ya no insisto en encenderlos. Clara me pide otro cigarro. No sé qué contestarle. No me atrevo a confesar dónde ha caído el último. Mejor le digo que ya no tengo.
A don Fermín le gustaba fumar habanos. Recuerdo particularmente aquel que rechacé en día de reyes. Yo venía a cobrar una mensualidad. Currito me abrió la puerta. Sus papás no estaban, pero no tardarían. Tendría doce o trece años. Me invitó a pasar. Sus ojos verde olivo aún eran niños, pero su cuerpo ya tenía tranco de adolescente. Me senté a su lado. ¿Qué te trajeron los Reyes? La pregunta pareció incomodarlo. Sin entusiasmo, Currito encendió la video.casetera. En la pantalla, Manolete recibió a un toro de rodillas ante la ovación del respetable. El motor de una camioneta sobresaltó a Currito. Por la ventana del patio entró la voz de don Fermín. La cerradura crujió al contacto con la llave. Entonces sentí una mano llena de miedo, una mano de doce años, sobre mi muslo. Sus ojos verdes imploraban. Me rogaba con toda su mano, con todo mi muslo, que lo sacara de ahí, que me lo llevara lejos, a un lugar sin Manoletes ni capotes, en donde los papás no embisten con cuernos de madera. Don Fermín abrió la puerta. Me levanté. Después de darme el abrazo de año nuevo, me explicó sus problemas de solvencia, la navidad, los regalos, usted sabe cómo son estas fechas, le voy a quedar mal con la mensualidad. En desagravio me ofreció uno de sus mejores habanos, y me invitó a que me quedara para ver la apasionante biografía de Manolete en diez videos que los reyes le habían traído a Currito. Decliné la invitación y salí a respirar el aire claro de la tarde, con el calor de esa mano de doce años temblando aún sobre mi muslo.
Formar a un torero cuesta una fortuna. Don Fermín mandó construir un corral y compró dos toros criollos y un cebú, todo a crédito. Mis visitas se hicieron más frecuentes. Yo hice lo que pude por preservar su historial crediticio. También intenté hablar con el, hacerle ver que se estaba metiendo en problemas, mire don Fermín, yo soy su amigo, por usted puedo negociarlo, pero no va a ser nada fácil, sus acreedores ya lo traen entre ojos y el día que menos pensado van a venir a embargarlo. Pero don Fermín no escuchaba a nadie, quería ver a Currito partiendo plaza en la Progreso y nada iba a detenerlo. Por esos días mi jefe se enteró de mi amistad con don Fermín, así que me cambió de adscripción y no volví a verlo en mucho tiempo.
Tengo ganas de fumar. Clara está dormitando. Ahora sería el momento de asomarme con discreción, meter la mano al ataúd y sacar de ahí el cigarro. Le doy vueltas a la idea. No. Me da miedo ver al muerto. O quizá temo que Clara se despierte y me sorprenda con la mano sobre su hijo. Don Fermín sigue allá afuera, mirando la cabeza del toro, como hipnotizado.
Yo nunca había ido a un table.dance. Fui por primera vez con unos acreedores que celebraban un cobro importante. El local se llamaba Las vestidas. Olía a perfume. Había humo artificial. Estábamos a oscuras. La luz se concentraba en la pasarela, donde una marcha militar acompañaba los contoneos de una rubia con botas de comando y kepis de teniente. La voz tras el micrófono exaltaba sus virtudes : en su mesa, sí, en su mesa, ahí juntito le van a bailar estos melones por tan solo un boleto, un boleto nada más para hacer suyo este culito, ahí, en su mesa. Aline King, tercera llamada, tercera. Yo estaba aturdido. Nunca había visto una mujer así. Los acreedores palmeaban mi espalda llenos de regocijo. A la mitad de la canción ella dejó al descubierto unos senos abrumadores. Después se puso a dar vueltas en torno a un tubo y yo comencé a contar mentalmente los billetes en mi cartera. En un alarde trapecista, ella desanudó los cordeles y sin dejar de girar se desprendió de su ropa interior. Bajo las luces estroboscópicas, una pequeña berga se balanceó entre sus piernas. Yo intenté disimular mi desconcierto. Los acreedores se burlaban: ¿qué pasó, ya no te gustó, tenía badajo? Yo ya quería irme, pero los acreedores se pusieron a llamar a la boletera para invitarme un baile. En eso, un pasodoble llenó en el local y una doble erre retumbó en la garganta del micrófono: Currita, tercera llamada, tercera, y Currita de Triana partió plaza en tanga rosa, chaqueta de luces, capote y montera bien calada. Entonces te descubriste. Y el respetable ovacionó tus senos minúsculos de andrógino. Un capotazo lánguido, otro más al paso de un toro gordo y encorbatado que deja un billete en el hilo de tu tanga. Suena el cambio de tercio. Te deshaces de la montera, dedicando la faena al respetable. Te cuelgas del tubo y giras como loca hasta arrancar un olé unánime de las gargantas. Sucumbe el paso doble. Te dispones al sacrificio, tu estocada penetra certera el aire. Despacio, como en una espiral morosa, tu tanga cae al suelo. Me levanto, corro a la pasarela, quiero tocarte. El verde olivo de tus ojos por fin me mira. Sácame de aquí. Llévame contigo. Mi brazo busca con desesperación tus muslos, pero dos empleados de seguridad me someten y me arrastran hacia la salida. Ya en la calle, bajo el frío de la madrugada, el calor de tu mano de doce años se posó de nuevo sobre mis muslos.
Me duele la espalda. Necesito un cigarro. Fumar me ayuda a olvidar. Le doy un trago al café. Está helado. Clara lucha por mantenerse despierta. El amanecer se avecina.
Currito de Triana, el novillero, debutó en la Plaza Progreso un domingo del mes de agosto. La plaza estaba a medio llenar. Una banda musical interpretaba pasodobles desde el palco. Los novilleros hicieron el paseíllo y Currito no ocultó su entusiasmo al saludar hacia el tendido de sombra, donde estaban las vestidas. No faltaba ninguna. Ahí estaba la de los senos militares, ahí estaban también los empleados de seguridad que me habían sacado. Yo sabía que era ahí donde debería estar Currito, con las vestidas y no abajo, enfundado en ese traje de luces que tan bien le sentaba. La banda dejó de tocar. Se escuchó una trompeta. Un aficionado le pidió a las vestidas que se callaran, pero ellas no hicieron caso. Se callaron hasta que vieron a don Fermín al centro de la plaza, con su uniforme de monosabio, la gorrita, el saco rojo, el rostro resplandeciente, los brazos por todo lo alto sosteniendo un pizarrón con el orgullo del que levanta un título:
Pocapena
3 años, 380 kg. Arroyo Zarco
Algo quedó irremediablemente unido entre ese nombre y quien lo sostenía, como si esas letras blancas sobre fondo negro fueran una sentencia por duplicado, una condena mutua. Currito de Triana saludó a la autoridad, y se arrodilló frente a la puerta de toriles. Estaba pálido, le temblaban los labios, la montera le quedaba grande y sostenía el capote con las manos pegadas a la barbilla, como rezando. El sol dejaba caer su peso sobre el tendido. Sácame de aquí, de estos aplausos, de estas trompetas, de este olor a mierda y tierra y sangre. Se abrió la puerta. Surgió Pocapena. Muy alto, corniapretado, con mucho trapío. Tú no te moviste. No echaste el capote hacia atrás como papá te había enseñado. No giraste hacia el lado opuesto. No citaste como en la verónica. Pocapena tenía tanto o más miedo que tú, quizá por eso te clavó los pitones en el pecho y te arrastró por la arena y te reventó el esternón contra las tablas. Demasiado tarde, el capote de un subalterno te lo quitó de encima.
Don Fermín corrió al centro del ruedo, cargó a su hijo en brazos y se perdió en dirección de la enfermería. La vestida del sostén rojo, la de las tetas militares, saltó la barrera en un alarido y desapareció tras él. Pocapena murió sin gloria, como se muere en las carnicerías. Sus pupilas guardan aún la última silueta de Currito. Quizá es eso lo que Don Fermín busca cuando lo mira allá en el patio, como hipnotizado. Clara cubre su espalda con una cobija. Cierra la ventana. Prepara más café.
Me costó trabajo negociar las dos semanas de duelo con los acreedores. Vencido el plazo, llegaron con abogados, policías y dos camiones de mudanza. Embargaron todo, hasta los toros criollos. Luego los echaron de la casa. Cuando llegué, los encontré sentados en la banqueta, Clara con una maleta de ropa, don Fermín entre la foto de Currito y la cabeza de Pocapena. Esa noche durmieron en mi casa. Partieron temprano por la mañana. En la nota de despedida, don Fermín me advertía que iban a desaparecer por algún tiempo y me pedía que no lo buscara.
Pasaron años. Un día, en el supermercado, mientras esperaba mi turno para comprar carne molida, una desconocida pronunció mi nombre. Tenía el pelo rizado y teñido de rubio, los antebrazos cubiertos por una sucesión de pulseras coloridas, los diez dedos anillados, el dorso perfectamente vertical, la cabeza bien plantada entre los hombros, la mirada franca de quien vive sin reproches. Era Clara. Había embarnecido. Ме contó que trabajaba para una mujer de negocios a quien se refería como señora Vicenta, dueña de una cadena de bares en el centro. Habían aceptado que Fermín trabajara con ellas a condición de que olvidara para siempre su afición por la fiesta brava. Les iba bien, pero lo mejor estaba aún por venir: Clara estaba bajo tratamiento médico en una clínica para la fertilidad: pronto quedaría embarazada.
Miguelito nació en la víspera de día de reyes. Su nacimiento fue, para sus padres, un renacimiento. Desde entonces yo vengo cada año a celebrar con ellos su cumpleaños. Siempre traigo una rosca de reyes. Cuando todavía tenía trabajo solía comprar roscas circulares, que son mejores que las elípticas, aunque un poco más caras. Nunca me han gustado las roscas de reyes con forma elíptica. Como ahora soy desempleado, este año no fui yo quien compró la rosca. Por eso que anteayer cenamos rosca elíptica.
Yo le había pedido a Clara que me ayudara a conseguir trabajo. Ella propuso organizar una rosca de reyes con la señora Vicenta. Me advirtió que era una persona muy especial. Don Fermín abrió la puerta y me ofreció una cerveza que se me subió muy rápido. Por la ventana, vi a Miguelito jugando en el arenero. Pensé con tristeza que éste era el mundo en donde Currito hubiera querido crecer, un mundo sin toros, en donde los únicos restos de torería eran la cabeza de Pocapena en la pared y la foto empolvada de Currito. En eso llegó la Señora Vicenta. Sus facciones me parecieron vagamente familiares. Al darle la mano, al sentir la rudeza de su saludo, tuve la impresión de que ya nos conocíamos. La señora Vicenta cargaba dos paquetes. En uno había un regalo para Miguelito. En el otro una rosca elíptica.
Lamento llegar tarde, ven Miguelito, mira lo que te trajo la señora Vicenta, déjame cambiarlo porque estaba en el arenero, mire señora Vicenta, le presento a la única persona que no me dejó solo cuando me embargaron, ábrelo Miguelito ¿qué es? ¡un camión de bomberos! da las gracias, ándale, dale un besito a la señora Vicenta, papi ruuuun, papi ruuuun, ¿partimos la rosca? sí, porque el chocolate se enfría ¿dónde la compró, en el Globo? no, la rosca la compro siempre en el Molino, aunque el pan de muerto me gusta más en el Globo ¿Clara, me puede servir más chocolate? con gusto, oigan… o ya se me cayó un diente o estoy masticando un niño ¡bravo don Fermín, le va a tocar organizar la fiesta! No, esa le toca a quien le salga el segundo niño, mira Miguelito, ven a ver el muñequito que le salió a papá en la rosca! papi ruuuuun, papi ruuuuun, déjelo, no hace caso, está fascinado con su camión de bomberos, ¿otro pedacito, señora Vicenta? se lo acepto, pues a mí esto me recuerda una día que andaba yo cobrando un horno de microondas, hace ya algunos años, cuando… ¡ay, me salió el segundo, me salió el segundo! Ni modo señora Vicenta, nos va a tener que invitar los tamales el día de la Candelaria, porque cuando a uno le toca, le toca, papi ruuuun, papi ruuuun.
El tiempo es un hilo infinito en la rosca de un tornillo. Da vueltas y vueltas alrededor de sí mismo, se imita, se repite, gesticula y se enrosca en torno a una caída que no acaba nunca. El niño de plástico, segundo de una rosca elíptica, resbaló de entre las uñas artificiales de la señora Vicenta e inició un lento trayecto en pos del suelo. Papi ruuuuun. Su garganta dejó escapar un ¡ay! falsamente femenino, que rebotó en la entropía de mi memoria y fue a parar al tendido de las vestidas en la Plaza Progreso. Vicenta intentó sujetar al niño y en un resquicio de su escote sorprendí a aquellos senos abrumadores girando en torno a un tubo. Papi ruuuuun, papi ruuuuun. El tornillo que sostenían al toro perdió la cuerda, su rosca olvidó el ritmo. Con la sincronía de una carambola, el segundo niño de la rosca golpeó el suelo justo cuando la gravedad vencía la resistencia de ese último tornillo. Pocapena se desprendió del muro. Su cornamenta fulminó el cráneo de Miguelito. Lo demás fueron ecos de aquella tarde en la Plaza Progreso. Los gritos de la señora Vicenta (la vestida). El temblor convulso de don Fermín (el monosabio). El rastro de sangre sobre el piso (el toro). Y un último eco mucho más fresco, martillando el yunque del oído: Papi ruuuuun, papi ruuuuun. Don Fermín cierra la puerta del patio y se asoma al ataúd blanco. Mete la mano. Recoge el cigarro. Lo enciende. Sácame de aquí. Llévame contigo. Yo me llevo la mano al rostro y la aplasto contra mis ojos. No, no quiero ver al muerto. © Jorge Harmodio, 2006
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