El grito del reloj de arena (fragmentos)

Por Chloé Delaume
Traducción al español de Citlali Vasconcelos

Entre muchos hombres forzaron la puerta. Acurrucada allí dentro no podía más que oír. Al hospital dijo uno demasiado tarde notaron los otros. Las suelas en los charcos de sangre circundaron el crimen. Saborearon la realidad con harta satisfacción. Bebían cada gota forzándose a creer forzándose a decir estuve ahí sin miedo sin asco sin shock sin disfrutar los chillidos de la niña pringada de A positivo. Sorbían cada mechón de seso descabellado forzándose a creer forzándose a decir vine a trabajar y no a mirar. En la costra delgada de mamá sobre mi vestido se derramó contigua la melazona ay dios el jugo de los advenedizos la deyección de los cobardes que envidian lloriqueando el árido clinamen el accidente patafísico que se les viene encima a todos los que aparecen en la nota roja. En la sala uno de ellos agarró el teléfono. Mi vida llegaré tarde. No dales de cenar antes. Las costillas las pondré a asar mañana en el jardín. Claro el día será clemente si nos tocó un mes de junio precioso.
No es un espectáculo para niños. Acordaron al unísono el coro se contuvo. En el cubo de la escalera la retahíla oscureció. La portera corifeaba con un Kleenex en la mano. Vacilante en sus coturnos cepilló el charol de sus zapatos. Al subir la escalera el silencio se impuso en la tensión cremosa que sigue a la extremaunción. La vecina de arriba me exhibió en su cuarto. Arregló los cojines y fue a preparar un té. Taza china. Uno a uno entraron a la pieza. Comentaron: qué rara la huérfana. Meneándose la pobrecita ojeaba por el cristal la camilla repleta. Y volvían a lo mío para palpar bien el mal adueñarse de un trozo de dolor inédito. Como la santa bíblica violada por soldados que murió en la mañana con la matriz gangrenada. Sobre el colchón de percal abrieron cada pliego de mi cuerpo escudriñando hasta lo más profundo para soltar a gusto su compasión fructosa. El sudor y el Earl Grey empañaban hasta la base del colchón. Una lágrima fingida se estrelló en mi codo. Quemazón viva mácula ajena del extraño. La fuente no se percató. Creía que era una ofrenda esa espantosa lágrima esa inmundicia salina que se infiltró en los poros dejando una equimosis en el hueso redondo. En torno a mi tarima los gnomos se reían alababan el circo mientras festejaban la ocurrencia y entonaban su himno you are now one of us sacarás buen precio de tu monstruosidad. Mi diámetro ocular se ensanchó para siempre. Mi diadema diletante se atoró en la red. El peinado impávido con el pelo recogido. El comisario entró. Disipó a los curiosos. En el asiento de vinilo del Renault policíaco la ventana entornada dejaba caer gotitas porque el cielo se nublaba. El gris inoportuno de ese día treinta a las diecinueve horas. La esperanza seguía intacta la radio comentó: nos tocó un mes de junio precioso.
            Al amanecer el mes de julio azul sonrió con malicia. La abuela insistió en extirparme las palabras. Divina comedia de los escenarios familiares que se empeña en llenar los vórtices de los lavabos. El esmalte se había soldado con el ruido del soplete. El esmalte se había soldado el duelo azucarado periqueaba dentro endulcemos lo inseparable. Pájarocioso de mal agüero. Casandra desplumada. La gran presa tiembla en la panza de la boa. Los pitones se desgarran entre sí la sangre borbotea los príncipes zoófilos lucen sus escamas. No no voy a hablar lo he decidido. Aunque trataba de relajar el maxilar la glotis jugaba a la estalactita y no podía remediarlo. Un día antes del entierro el primero auscultó la muñeca postraumática. Cuanto más agitaba la lengua escupiendo vocablos más la cacofonía resecaba mi cantilena. La única letanía que oía en mi interior era un pensamiento mágico una canción una resurrección al compás rosa uno dos tres: mamá me oye a lo lejos. Aunque sabía que el eco se atenuaba. Lo tenía muy claro no no estaba loca. Ellos se preocupaban yo no exigía nada salvo descongestionarme más los senos rasparme el tabique nasal y la estufa la pimienta que coagula estornudar en Citera alejarse del azufre. Los sentidos se extravían al suspirar el gallardete el lenguaje se evapora la nariz aguzada. Me dijeron bichito sibila con polígono. Las víboras se enroscaban silbando en mi cabeza el nudo de la horca se ajustaba de veras tengo mala suerte. Llovió hasta que ya no le importó a nadie. Vomitar el sincretismo fue la consecuencia lógica. Que surja algo aunque sea el esófago enseñar para la pose que los órganos siguen vivos que sólo es pasajero porque me las estoy viendo negras.
            La puerta cerrada sobre la raíz del mal reactivaba en las encías el quiebre de las cuerdas vocales. Los incisivos salientes todavía se negaban a eructar a lo lejos. La princesa en su palacio paladar se andromacaba en vano en dónde estoy qué he hecho qué me falta aún por hacer. A veces se me aflojaban las muelas en mi sueño. No cumplía diez años y había perdido tanto qué más daba un ruido más o menos. Picotazo de sirena canto de musaraña poco importaba aquello. Voz impenetrable cuando deja llegar hacia los niños pequeños la ira en el templo y la herida vivaz que agarrota en la cruz del plexo demasiado solar. Me presionaban para que hablara mientras todos los de mi edad canturreaban. Las miradas pesadas del todo se hundían en mi garganta. Del reproche al espanto así que no es normal han pasado varios meses sí el otoño llegaba sepamos berrear el olvido los muertos son infieles: nos tocó un mes de junio precioso.
            Al anochecer. Chancro en las sábanas. La letanía se desgranaba en salmo bajo el sudor. Orfeo lineal y apático imploraba yo a Eurídice. Y frente al espejo cavaba ambas arcadas procurando atravesar pero la sutura parpadeante aún centellaba. Una mañana me llamaron ya que tenía nombre. Me dieron ropa nueva y recomendaciones luego me dejaron plantada en medio de un patio en plena corriente de aire. Mis congéneres tardaron pero igualmente acabaron por pellizcarme para ver qué tanto era cierto. En Navidad el vidrio metílico se helaba quería imitar a Juan retorciendo la úvula y en su cuarto trataba de articular un llanto. Las tres notas que ritmaban el disgusto maternal de los ángeles obsoletos. Pero cuando el resuello pulmonar que adula a los cuatro vientos se petrifica a porfía y a espada no resulta sorprendente que las amígdalas salgan en la nota roja. Anoche vinieron tres ángeles porcelana y cieno a traerme unas cosas hermosas con centeno esparcido uno dos tenía un incensario el genio almidón y el segundo un ramo de rosas rehusó emprender el vuelo la lira de las aves la llave de sol al suelo fue a parar bajo un escalón pero cuál vaya a saberlo. Repetirles la orden a las branquias al alterarse todo no era sencillo. La fragancia nasálea del pino giraba tan segura de sí misma que sin saber nada de tornillos ondulaba. Deshacía una cinta con ganchillo sileno. Tapándome la médula el óxido de la corona los nervios espinales indispensables para mantenerse en vida brincarse la guardia H2O me ahogo con este trago de mi existencia. Será sustancioso encontremos el sustantivo aunque fuera adjetivo u onomatopeya salvadores para qué si esta lengua me es ajena esta lengua pastosa blanca en una boca entumecida. Cómo se leen las palabras. Sin resonancia interna. Cómo se escriben. No eso no se grita. Cómo explicarles cuando más tarde volvió el don de expulsar el Verbo. Mi cerebro como un libro. Las sinapsis coronarias rubricaban el cuaderno. Y en el capítulo el íncipit en epígrafe siempre se desvanecía la luna morada está clara el gorjeo afectado: nos tocó un mes de junio precioso.

*

Cuánto tiempo preguntó. Cuánto tiempo duró. Creo que el justo para escurrir definitivamente hasta los más mínimos putativos que me limpitrapeaban por dentro. Clásica gestación del útero fecundo subido hasta el esófago cuando en la garganta el corazón obstruye la voz chillona del feto enlutado. La cuenta es evidente. Los adultos debieron haberlo pensado antes. Los puercos más los enanos menos uno sorteado. Odio los números pares. Del treinta al cero-seis. El diez ni hablar: es mi cumpleaños.
            Qué juegos preguntó. Qué juegos tuvo durante nueve meses. Era usted una niña pequeña también roída de tristeza las trenzas deben caracolear así es la vida. Pequeñas. No señor perdón. No era normal. Se mató diciéndoselo. Sí hace mucho tiempo. Tanto que no alcanzo a ver es que soy corta de vista. Lavaba los juguetes.Sí suena raro. Lavaba los juguetes sólo por el contacto la textura empapada bajo la corriente de agua era tan agradable. Acertijo de regalo: cuál será su suavidad cuando el agua tibia acaricie a chorros el plástico. Sí tenía una amiga antes del homicidio. Decían el accidente y por eso también los odié. Sí tenía una amiga. Se llamaba Cécile. Jugábamos a la magia en el patio de la escuela. Había que adivinar el hechizo correcto. Y después de qué Ovidio viene la metamorfosis. Las reglas eran firmes el menor balbuceo era sancionado. La traicioné el día de su fiesta de onceañera. A veces la astrología calcina a las brujas. Cécile era Cáncer su madre hizo un pastel miró los rayos de reojo suspirando en voz demasiado alta: queridas qué mala suerte y eso que nos tocó un mes de junio precioso. Introduje bajo su cama tres semillas de ajonjolí catorce clavos herrumbrosos mi pañuelo usado. A veces de noche pienso en su muerte por las llamas a los veinte años de edad. A veces de día pienso que un hombre debió llorarla. A menudo por la tarde se me olvida el incidente.
            Qué dolor preguntó. Qué dolor padeció durante nueve meses. No voy a decirle nada. No sabría qué hacer. Además los conozco tanto a ustedes. Antaño uno se atrevió a nombrar mi vacío cuando mis propios labios se negaban a abrirse. Exclamó afasia igual que cuando uno grita catarro del heno para apaciguar el abril de sus estornudos. La trinchera familiar ya no dejó desde entonces de atacarme para que me rindiera. Sonriéndoles a los hospederos y vecinos preocupados por la afasia la afonía momentánea le están curando la garganta. Mis nueve meses sin hablar se convirtieron en vía crucis de acosamiento de parloteos la hermosa aplicación emanando de cada uno. Me hacían abrir la boca cien veces al día esperando ver ahí algún bicho legendario que asomándose a la orilla de las amígdalas rojizas terminara saliendo cansado de raspar. Llegaron a creer en la tenia ondulando en las mucosas garrapatas psicosomáticas brincoteando por la tráquea mientras que por dentro todo era desierto seco en el que sólo el lodo sódico podía sobrevivir. Cada día se empecinaban con los factores detonantes. La culpabilidad del vamos esfuérzate. Pero les convenía. No cabe duda. Noviembre oscurecía cuando todos se entregaron demasiado ante una rica cena dominical. Hasta parece que además creían que era sorda. Si la nena vuelve a hablar para decir lo que vio puede ser querida que nos relate el drama. Les tembló la barbilla la abuela suspiró: no quiero saber nada más vale que calle. Y la tía añadió que estaban muy tristes y que ya con eso bastaba. Masticaba mi postre concluyendo: cada quien su relatividad. No existe otra igual que la niña. La Niña la Madre Muerta todo elevado al cuadrado que se inmole el silencio en cantaletas de sulfato. Mi trauma quedaría impreso pupilando en la parte oculta del iris. Ese día leí en ellos la angustia traidora que siempre barrería nuestros cuellos tensos. La testigo de descargo llevaba encima el peso de lo no dicho familiar de los silencios tabúes de los tambores apenados que acompasaban el Ello y el Superyó la omertá se derritió como el azúcar revuelto con una cuchara. Se sirvieron cafés. Más tarde mucho más tarde recuerdo perfectamente haber recobrado la voz gracias a las estratagemas y a la protección que me había ganado en los bancos del liceo. En el pizarrón se comentaba una etimología propuesta por Platón y apuntada por todos ya que la fecha del bachillerato se aproximaba. Antropo palabra-valija compuesta de anathron (examinar); de ha (palabra de enlace) y de opôp’ (lo que vio). Confieso que apenas entonces entendí. Había tenido que ver para volverme humana. Había tenido que ver. Nueve meses para parir lo humano que brotó desde el seno de la niña con el vestido ensuciado por la revelación. Nueve meses para que la escena fuese digerida por la memoria. Que los jugos gástricos de la panza hasta los recuerdos disolvieran el maldito crimen en lo que he visto. Que la gramática ponga surcos de por medio. Que el tiempo desgranado me susurre bienvenida al abrirse la novena puerta. Para que veas la cinta caminó en cada descansillo. Nueve meses la examinaste con cuidado. Nueve meses en medio de la nada me estuve analizando. La palabra vuelve pero la mugre queda. La mancha indeleble que se pega en los tejidos íntimos de las huérfanas.
            Cómo la llamaban preguntó. Cómo la llamaban sus padres. No voy a responderle. De qué sirve. Antaño algunos de ustedes me lo demostraron. Pretenden que la neurosis se puede controlar si se conoce su origen. Lindos libros contables con márgenes existenciales. Nombres antes del disparo. No había ninguno. Y cuando llegaba a haberlos por supuesto que nunca eran nombres propios. Me llamaron la Niña hasta que mis padres fueran neutralizados. Nueve meses la Nena. Luego se acumuló el recuento de adjetivos que declinaban en función del humor y de las circuntancias. La Grande y la Estúpida. La Loca y la Payasa. El Ser y el Suceder.
            Qué hechos preguntó. Qué hechos ocurrieron el día treinta exactamente. No voy a decirle nada. Mi sinopsis está clara. En los suburbios de París había una niña. Tenía dos trenzas morenas un padre y una mamá. El padre por la tarde disparó a quemarropa en la cocina. La madre cayó primero. El padre apuntó a la niña. El padre se echó para atrás. Se arrodilló y se metió el cañón hasta el fondo de la garganta. La niña recibió un fragmento de seso en la mejilla izquierda. El padre perdió la cabeza supo concluir la abuela cuando se enteró del drama. Repito: no quiero decirle nada. Porque es lo que usted busca siempre y constantemente. Los samples la puesta en loop. Herramientas del soma. Me hace papilla para limar las asperezas. El inconsciente es tajante eso es lo de menos. En las casillas blanqueadas del laboratorio enlosado intenta a toda costa clasificar mi caso. Pero desgraciadamente la carne etiquetada eructa y qué asco la carne no vacila en salpicarlo todo. Obviamente mi piltrafa todavía provoca olas y en el fondo la navaja se retuerce muy adentro. Obviamente le digo. Ése es el inconveniente de ser portero de noche.

*

Mamá se está muriendo en primera persona. Decía que mezclaba y mezclaba la harina con tres huevos y un yogurt natural. Papá la mató en segunda persona. Infinitivo y radical. Chloé calla en tercera persona. Ya no hablará más que en futuro anterior. Porque al final el parricidio fue tan imperfecto que la marcó de manera ineluctable.

 

Publicado en Textos 16/17, México, octubre de 2004
© Chloé Delaume, 2001
De la traducción al español: © Citlali Vasconcelos