Un ojo en el cielo

Por Marcos Eymar

El anticiclón de las Azores seguirá ejerciendo su influencia sobre toda la Península. Las condiciones metereológicas permanecerán estables durante las próximas semanas. Ligero aumento de las mínimas. Máximas estacionarias. Posibilidad de algún chubasco tormentoso lejos, en las islas Baleares.
           En un principio aquello fue como una broma. Recién llegado del aeropuerto a una ciudad que no conocía, se encontró con las llaves de un piso en la mano. Se las entregó un hombre al que tampoco había visto en su vida. Llevaba gafas de sol y un traje caro, con un pañuelo estampado de seda asomándole del bolsillo superior. Sólo estuvo con él unos minutos. Tenía prisa.
           -Aquí te puedes quedar durante el verano. Mis chicos te prevendrán unas horas antes. Ábreles la puerta cuando vengan a por el material. Cuando salgas, llévate el móvil. Eso sí: cuidado con robar.
          -¿ La paga ?
          -Alojamiento gratis. ¿ Te parece poco ? -el hombre se echó a reír y añadió: -¿ Ves esa caja de ahí ? Es tuya. Vende los que puedas cuando haya tormenta. Un ojo siempre fijo en el cielo y a esperar.
          Desde hace semanas no hay cielo, sólo una masa blancuzca, derretida por el bochorno. Nieve al rojo. Harina caliente que su madre amasaba todas las mañanas. Desde el colchón extendido sobre el suelo, vuelve la vista hacia arriba, a través de la ventana. Segundos después tiene que apartarla, deslumbrado, y no encuentra un lugar donde posarla en la habitación atestada de polvo y cajas de cartón.
          Por tarde o pronto que se levante, siempre lo espera el día. Los párpados se abren a pesar suyo; el sol tira de ellos en su camino hacia el cenit. Le gustaría desobedecer a su cuerpo, dormir lo que hiciera falta para amanecer sólo con el primer trueno. Querría hibernar todo el verano.
          En cambio es el tráfago de la ciudad el que lo despierta cada mañana. Se infiltra en la habitación y en la duermevela, como un río cuyo nivel aumentara constantemente hasta hacerlo flotar por encima de la cama. Con cada despertar tiene la sensación de caer sobre el colchón: abre los ojos. A medida que el sueño se aleja, las aguas del rumor van volviendo al cauce de la calle. Durante toda su juventud, la vida lo arrastró de pendencia en pendencia como a un guijarro. Ahora pasa de largo, como si nunca lo hubiera conocido.
          No hay televisión en el piso. Hay una radio, pero casi nunca la escucha. Para él la música sólo sirve para bailar y poder apretar contra sí un cuerpo caliente. De las noticias le interesa más que nada el parte metereológico, que no ha variado desde que llegó. Los locutores sólo repiten lo que la plancha candente del cielo. Más verano. Más zumbido de aire acondicionado en otras ventanas. Más horas vacías por las que el tiempo se arrastra como las gotas de sudor por las mejillas. Las horas que no terminan le recuerdan los escarabajos que torturaba de niño con la pandilla y que nunca acababan de morir: siempre una agitación casi imperceptible de las patas, siempre unos minutos todavía para que el reloj anuncie el momento de ducharse o preparar la comida.
          Durante la mayor parte del día no hace otra cosa que escuchar la calle. Le parece como si todos sus recuerdos se hubiesen puesto a sonar fuera de él, en la distancia: los juegos con otros niños sobre el polvo caliente de la plaza del pueblo, la vuelta a casa borracho con los amigos por la madrugada vacía. Se cansa de estar tumbado y decide levantarse. En su camino hacia el cuarto de baño suele tropezar con una de las cajas y su boca desborda de injurias:
          -Chingado cabrón hijo de la grandísima puta.
          No hay nadie para escucharlo. La soledad le silba en los oídos y le anestesia la mandíbula. A pesar del miedo, sale cuando empiezan las sombras. Los hombres del patrón pueden aparecer en cualquier momento del día y de la noche. A veces el móvil se bloquea y tiene que dejar una nota pegada en la puerta indicando el bar en que pueden encontrarlo. La primera vez que cogió el lápiz casi no sabía que hacer con él. Desde la escuela no escribía una sola línea. Le dolieron los músculos de la mano. Y todo, seguramente, por nada: nunca han venido a buscarle.
          Por suerte no escasean los bares en el barrio. Se sienta en la barra de uno cualquiera y pide una caña. Más que del sabor de la cerveza, disfruta los primeros minutos del tacto frío del vaso. La mayoría de las tardes no habla con nadie. El murmullo de las conversaciones ajenas basta para llenar el vacío del piso, que siempre lo sigue a la calle. A veces encuentra a alguien, extranjero por lo general, a quien las palabras queman la garganta de puro viejas. De dónde eres, qué haces. Ya, enseguida, ahí, otra barrera. Si pudiera simplemente decir: peón, camarero, guardia de seguridad. Es demasiado orgulloso para contar lo de los hombres que vienen y se van sin mirarlo, como si fuera una caja más, y mucho menos lo de los paraguas. Hace años, un día de tormenta en la capital, vio a un tullido que ofrecía paraguas a los turistas junto a la catedral. Parecía salido de la nada, como si hubiera esperado ese momento durante meses. Le cuesta aceptar la idea de verse obligado a imitar a ese paria . No se siente con fuerzas para inventarse una vida. Ni siquiera tiene dinero para convidar. Procura no volver a ver a la gente con quien habla.
          Tiene tanto tiempo libre que acaban conociéndole en algunas barras. Dos viudos jubilados, habituales del bar, tan sedientos de historias como de alcohol, se ponen a construir sobre su silencio:
          -Míralo. Ni ha abierto la boca desde que llegó.
          -Será mudo.
          -No. Está enamorado.
          -Esa si que es buena.
          -Tiene ojos de enchochado.
          -¿ Será de aquí o de otro país ?
          -¡ Qué más dará ! Aquí o allá, las mujeres son las mismas en todas partes.
          Deja que las conversaciones y las miradas le desprecien. Entra y sale de ellas igual que su reflejo en los escaparates a oscuras. Apenas se reconoce allí como un animal huidizo. Se dice que está ablandándose más de la cuenta. Observa a las parejas que salen borrachas de los locales, riendo, cantando, rozándose las pieles. Hace unos meses él era como ellos; ahora se encuentran a una distancia que no sabe cómo colmar. Todo el pasado se aleja de él igual que esos desconocidos. Siente terror de convertirse en otro.
          Vagabundea por las calles, siguiendo sombras de mujeres. A veces tiene la sensación de que lo siguen y se vuelve de pronto, listo para echar a correr. Puto maricón, se increpa. Al doblar una esquina lo sorprende el recuerdo de su propio nombre. Lo repite entre dientes, letra por letra, durante largos minutos. Con él llega la memoria de sus padres, de las peleas que ganó en el arrabal, de los cuerpos que mandó al suelo retorciéndose en su propia sangre. Se recobra el respeto. Hinchado por dentro se acoda en otra barra. Su mano palpa el bulto de la navaja que siempre lleva en el bolsillo por lo que pueda pasar. Con los ojos les busca la mirada a los clientes y piensa: si cualquiera de estos me faltara al respeto tantito así, lo deshacía a navajazos. Pero no pasa nada. Ninguno le sigue el juego. Lo dejan estar.
          Nadie diría que es tan duro. Ha sido curtidor, soplón, cobrador de morosos. Ha manchado sus manos de droga y cemento. Sabe lo que supone fresar toda la noche hasta el amanecer. Muchas veces, al término de una jornada extenuante, mientras compartían el tabaco, él y sus compañeros soñaban con una vida de descanso. Al lado de turnos inhumanos pagados a dólar la hora, resulta insignificante el esfuerzo de unos ojos que se vuelven una y otra vez hacia el cielo, deseantes de lluvia, heridos. Sin embargo, nunca se ha sentido tan frágil por dentro. Igual que arcilla seca a punto de resquebrajarse. Se dice: tengo que hablar con Chanco.
          No lo hace al día siguiente, ni al otro. Al tercero se emborracha y se deja caer en una cabina. Consigue marcar el número.
          -Escucha, compadre. No puedo más. Consígueme algo en cualquier parte. Te juro que me da igual. Esta pendejada me está matando.
          Chanco lo conoce demasiado bien. Tantos años de fumarse las clases juntos y luego los encargos a dos. Es mucho. Deja que se vacíe y luego le recuerda lo que él ya sabe pero trata de olvidar: cómo lo encontró temblando de miedo en la última de las pulquerías, amenazado de muerte después de haberse enemistado a fuerza de chivatazos con varias bandas enemigas, cómo se arriesgó a conseguirle un visado para España.
          -Nada de chingaderas. Quietecito ahí. Haces lo que te mandó el patrón. Te ha dado alojamiento de balde, sólo por abrir la puerta. Déjate ver lo menos posible. Nunca se sabe. Están en todas partes. Ándate con mucho ojo. Acuérdate de lo que le hicieron al Horacio. Ni su mamá lo reconoció de tanto balazo. Estás vivo de milagro, no lo olvides. No es tan difícil, cabrón. Un par de tormentas y para adelante. En Septiembre ya veremos.
          Lo deja lloriqueando en el suelo de la cabina. A la mañana siguiente acoge con más resignación el cielo inflamado, la indiferencia de los contrabandistas sudorosos que recogen las cajas sin ni siquiera dirigirle la palabra. Deja de luchar. Deja que todo a su alrededor corte amarras y se vaya lejos de él, a la deriva.
          Unos días después encuentra un nuevo bar en el barrio, tan estrecho y profundo que no se ve su fondo desde la calle. Allí el único cliente además de él, casi un viejo, lo observa en silencio durante una hora.
          -No va a venir ya a quien espera.
          Tiene la voz estropajosa. Está sucio. Apesta a mugre y a alcohol. Invita a beber y se pone a hablar sin parar. Dice ser escritor y grande de España. Hace veinticinco años ganó un premio literario importante y se acostó con varias marquesas. Nadie se acuerda de él.
          -De joven escribía y follaba sin parar. La noche y el día enteros. Por la noche escribía y por el día me acostaba con las marquesas. Las marquesas me idolatraban. Me i-do-la-tra-ban..., ¿ comprende, usted ? No, es demasiado joven para entender esa palabra. La juventud hoy no vale nada. La juventud es inmoral. ¡Capitalistas ! Entonces se podía tener varias amantes. De palacio a palacio como mucho diez minutos. Hoy con tanto metro y tráfico y chismes... Las marquesas, se entiende, porque las duquesas eran muy estiradas. Otra cosa. La novela tampoco es el teatro. Todo tiene su especificidad. Es-pe-ci-fi-ci-dad... Luego la fuente se secó. No sé por qué. Como vino, se fue. Como se fue podrá llegar. Yo espero. A quien espera se le da todo, también lo que nunca esperó...
          Mientras habla la mano se cierra en torno al vaso como para romperlo. Él lo mira con atención. No basta la palabra borracho: está loco. Delira. Su locura le hace bien: es como una marea que rompe contra algo firme en sí mismo que le tranquiliza.
          Las siguientes semanas vuelve con regularidad al bar. Siempre encuentra al escritor en la misma postura. Le alivia la soledad, ahorrándole la molestia de hablar. Además, siempre paga las cervezas. Desde el fondo del local le hace mirar a los transeúntes que desfilan a toda prisa por la calle reverberante.
          -Uno tras otro, igual que hormigas. Si se pararan un momento a ver, a lo mejor... No quieren vivir. Tienen miedo. Prisas. ¡ Ciegos ! El presente es inmoral. Yo ya no escribo ni follo pero si algún día... Lo he visto todo. Nada se ha perdido. Todo está aquí -y se señalaba la cabeza -Sé lo que le digo. Mi destino. Mi destino será el diluvio. No la muerte, el Diluvio. Di-lu-vio... Soy el barón de Weltenberg, grande de España, descendiente de los Austria...
          También él empieza a sentirse distinto. De tanto mirar el cielo, los hombres le parecen pequeños. Los ve salir del metro, precipitarse por las grandes avenidas comerciales, con los ojos siempre puestos en un móvil, un escaparate, un mensaje publicitario que desfila fugazmente junto a ellos. Como si no existiera sobre sus cabezas esa extensión candente cuyos matices ha empezado a reconocer sólo después de semanas de observación. A veces le recuerda el blanco grisáceo de las panzas de los burros que mordisqueaban los yerbajos en los descampados a la salida del pueblo; o el deslumbramiento de las sábanas que su madre tendía en el patio; o las manos manchadas de tiza después de jugar entre compañeros a tirarse el borrador que robaban al maestro. Recobra el pasado a través de todos sus blancos.
          Deja de mirar a las parejas. A veces siente todavía el retortijón del miedo, como los últimos coletazos de una herida casi cerrada. En las televisiones de los bares observa el mapa del tiempo: un anillo de fuego marcado por una gran “ A “ sigue rodeando la península ibérica. El presentador es un tipo de unos cincuenta años, siempre bronceado, como si viviera en un lugar sin nubes ni lluvia. Con su voz sedante repite las palabras que ritman desde hace semanas su vida: altas presiones, escasa nubosidad, bochorno. No envidia a Irlanda ni a las islas Británicas, cubiertas por una densa borrasca. No tiene prisa. El tiempo de la atmósfera ha sustituido para él el de los relojes. El lento avance de las isobaras representa la única medida del tiempo.
          -¿ Te has fijado en cómo no pierde ripio ?
          -Es por la cita.
          -¿ Qué cita ?
          -La chorba estará casada. Vivirá lejos, en otra ciudad, en el extranjero incluso. Sólo podrá verla una vez al mes. Como no tiene un duro y comparte piso, sólo puede trincársela en el parque. Si llueve ese día, claro, se jode la jodienda...
          No presta atención a la conversación de los dos viejos que lo observan. Sus palabras le resbalan. De vuelta al piso observa los objetos en las cajas de cartón. Hay de todo: ventiladores portátiles, pistolas de agua, relojes de pulsera falsificados. Saca un paraguas. Le quita la funda de plástico y lo abre en el salón. Observa la tela negra, tensada por las ocho varillas. La hace girar. Siente un ligero mareo. Es una sensación extraña, como si de alguna manera los dos no pertenecieran al presente del verano, sino a un futuro que nadie sabe cuando vendrá. Lo deja sobre el parqué. Bajo la luz cruda de la bombilla, a más de treinta grados, ofrece el aspecto incongruente de un animal marino varado en la playa. Es más bonito que cuando llueve, piensa. Se reconoce en su perfecta inutilidad.
          Se ha quedado sin más dinero que el necesario para comer a base de pasta y latas. No conoce a nadie que pueda fiarle. Poco a poco deja de ir a los bares. A veces hace la cola delante de un convento donde las monjas sirven una comida gratis al día. Come en silencio, rodeado de mendigos y de trotamundos sin blanca. Cuando sale, se limita a sentarse en un banco de un pequeño parque cercano. Ya no le preocupa que puedan sorprenderlo en la calle. No se aburre. Observa a los niños que juegan al balón, a las viejas que charlan enfrente de él, a los hombres que leen el periódico. Cada detalle vive en la espera. Las cosas mudan de piel. El dibujo geométrico de las bombonas de butano en los balcones le produce un estremecimiento que antes sólo lograba arrancarle con trabajo la cercanía de la sangre en las reyertas.
          Una mujer se sienta a su lado en el banco, con una revista en las rodillas. A los pocos minutos ya no recuerdan con qué pretexto han empezado a hablar. Su voz ronca cuenta la misma historia que las arrugas en el rostro cansado. Familia venida a menos, interrupción de los estudios para trabajar: campesina, limpiadora, telefonista, en su país y en España. Ahora cuida a los niños de una familia burguesa.
          -Tengo que andarme con cuidado. A veces los confundo con el mío, que quedó allá en un internado. Muy de cabeza tiene que ir el mundo cuando una mujer tiene que dejar a sus hijos en su país y marcharse al extranjero para ocuparse de los de otros, ¿ no ?
          Sigue los círculos que la absurda biografía va trazando alrededor de ese centro todavía virgen que se alumbra en una sonrisa o un entrecerrarse de los ojos. Por primera vez desde la adolescencia no piensa en cómo tumbarla y hacerla suya. La mira a los ojos desde una distancia nueva. Escucha.
          -¿ Y tú ?
          Trata de zafarse. Ella insiste.
          -Soy comerciante.
          -¿ De qué ?
          -De artículos.
          -Ya.
          Parece decepcionada. Aún así vuelve a buscarlo una y otra vez a través de esos atardeceres en que la ciudad palpita después del sol, como un ascua. Se sienta a su lado y se pone a hablar. Él la deja hacer, aunque sienta que esa voz empieza a adherírsele demasiado a los recuerdos, igual que el olor del humo a la ropa. No tiene fuerzas para alejarla, por más que sepa amenazada una serenidad tan difícilmente conquistada.
          Ligero aumento de la inestabilidad en la mitad norte. Descenso moderado de máximas y mínimas en todo el territorio. Nubosidad de evolución diurna. Posibilidad de fenómenos tormentosos especialmente en áreas montañosas.
          El aire cambia. La luz de la tarde se vuelve más transparente. Los cuellos comienzan a notar el aliento fresco de la noche. Al amanecer suenan de otra manera los chillidos de los vencejos. Se intuye el azul bajo los celajes blancuzcos de la calima. Los hombres se llevan las últimas cajas de bañadores y de ventiladores portátiles y empiezan a descargar jerséis y material escolar.
          Cada vez les cuesta más disimular. La conversación se llena de silencios por los que se deslizan los cuerpos.
          -¿ Quieres dar una vuelta ? -le propone ella.
          Por primera vez se aleja del barrio. La ciudad multiplica sus calles. La mujer le guía a través de una maraña de direcciones. Se encuentran en un gran parque en cuesta, abierto como un abrazo hacia el poniente. El atardecer mezcla sus rojos con una masa de nubes negras que avanzan desde el norte
          -¿ No conocías esto ?
          Él niega con la cabeza. A través de abetos con las ramas a ras de suelo, ella le conduce hasta un claro protegido de miradas.
          -Se está bien aquí. Ven.
          El deseo la rejuvenece. Se tiende a su lado, sobre la hierba llena de calvas. El calor de su carne le llega mezclado con un olor parecido al de la tierra mojada. A esa distancia distingue con más claridad las estrías del cuello, como llagas a punto de sanar. Vertiginosamente los nimbos tienden el cerco al sol.
          -¿ Te pasa algo ?
          Un lengüetazo de sombra borra la luz. El aire se estremece entre los árboles.
          -Lo siento. Tengo que irme.
          Echa a correr en dirección al apartamento. Una y otra vez vuelve la cabeza hacia lo alto, donde avanza más rápido que él la tormenta. Llega jadeante a la habitación y se precipita sobre la caja de los paraguas. El cielo se oscurece y se aclara sin derramar una sola gota. Permanece de pie junto a la ventana. En su mano un paraguas negro, como una flor marchitada antes de abrirse.
          Esa noche y la siguiente oye entre sueños el ruido de la lluvia. Al despertarse, experimenta un profundo bienestar. Le cansa menos que nunca pasear por las calles, envuelto en la transparencia. Se fija en un padre que columpia a su hija en el parque, en un perro que orina sobre el pedestal de una estatua. Se pregunta cómo es posible estar a la vez tan lejos y tan cerca de las cosas. La espera fecunda el mundo . Todo arde de inminencia.
          Después de semanas sin aparecer por allí, entra en el bar estrecho y profundo donde encontró al viejo.
          -Hace días que no viene – le dice el propietario. Y añade, entre risas: – Me dijo que su destino le llamaba y que no volvería en mucho tiempo .
          Se sienta en el banco del parque. El viento revuelve el polvo, la calima, el pelo de los niños que juegan. Los papeles y las bolsas de plástico se persiguen por las aceras. Ella aparece por la esquina habitual, vestida de rojo por la hora. Como cada vez, le sorprende que le encuentre allí, como si el atardecer fuera un laberinto en que resultara un milagro orientarse.
          -¿ Cómo fue la cita del otro día ? -le pregunta.
          -¿ Qué cita ?
          -¿ Volverás a verla ?
          -¿ A quién ?
          -A la otra. Tenías tanta prisa que se te olvidó decirme su nombre.
          Esta vez le invita a cenar al apartamento. Su compañera de piso se ha ido de vacaciones con un rico australiano que encontró por casualidad en un bingo.
          -Se llevó el premio gordo. Yo, en cambio, nunca he tenido suerte con los hombres. De joven me decían que era demasiado guapa y ahora que ya soy vieja. El primero con el que me acosté me hizo creer que estaba de viaje de negocios los fines de semana que pasaba en la cárcel cumpliendo su pena. Ya no espero nada de nadie.
          Sigue hablando mientras cenan, como si quisiera cubrir con retazos de su pasado la soledad de ellos dos en el instante presente, en el apartamento y en la ciudad vaciados por el verano. Las voces se callan, a pesar de todo, y entonces sólo se escucha ya el silencio de los cuellos, las manos, las bocas, que nunca ha cesado.
          -El cuerpo no aprende -murmulla ella -No te me volverás a escapar, ¿ verdad ?
          Pierde todo su pudor. Una tras otra le arranca la ropa, la piel, una tras otra las máscaras con que él ha ido protegiéndose a lo largo de los años, desde que tiene memoria. Lo deja en carne viva, hecho una masa sudorosa y gimiente que acoge el placer como el estallido de una inmensa congoja. Por primera vez la carne cede y tiene la sensación de precipitarse al mismo vacío por el que volaba en sus sueños de niño
          De pronto, en la oscuridad, siente la necesidad de decir la verdad:
          -Soy vendedor de paraguas.
          La voz de la mujer le llega enturbiada por el sueño:
          -¿ Cómo ?
          -Vendedor de paraguas -insiste.
          La risa, sin rostro, llena la noche de la habitación:
          -¡ En verano !
          La deja creer en una broma. No pide que entienda que la lluvia por caer puede contar más que una vida de encargos brutales, borracheras, traiciones, cuerpos poseídos casi por accidente. Con la sensación de haberse liberado de un peso, se deja hundir en la oscuridad, densa y fragante como la tierra mojada.
          Un ruido tenue lo despierta. Es de día. La ventana está abierta y por ella entra el aire fresco. Se sienta en el borde de la cama y observa el cielo cargado de nubes. Ella aparece en ese momento en la habitación, vestida para salir a la calle.
          -Tengo que irme. Vas a llegar tarde al trabajo -dice mientras señala al cielo, sonriendo.
          Antes de salir por la puerta, se vuelve una vez más hacia él, inmóvil, con los clavados en el cielo gris.
          -No te preocupes. Ningún hombre me ha dicho nunca la verdad.
          Se aleja el ruido de sus pasos sobre los escalones. Él se acerca a la ventana. Del futuro llegan vaharadas olorosas, como ecos de bosques húmedos. La ciudad respira y él con ella. Un trueno, hojas de un cofre que se abre. Las acacias se agitan de impaciencia. Bandadas de pájaros surcan nerviosas el aire. Observa a la mujer que sale del portal, tan frágil desde lo alto. Cruza la calle, dobla la esquina y desaparece. Por un momento sigue andando en su interior, mezclándosele con la saliva, adentrándose en la gran región de lo invisible de la que nace la tormenta. Es entonces cuando repara en el hombre de gabardina de pie junto a la farola, con la vista fija en su ventana.
          Otro trueno, pasos de la lluvia que se acerca. Lo que tanto esperaba se ha cumplido. Las primeras gotas repiquetean sobre los tejados. Las plantas del balcón absorben vorazmente el principio de la vida.
          No sabe si sueña. Se viste mecánicamente y baja las escaleras. Apenas pisa la calle, el hombre de la gabardina se pone en movimiento detrás de él, con las manos en los bolsillos. Unos instantes después, se le une otro desde la acera de enfrente.
          La tormenta arrecia. La gente comienza a correr en todas las direcciones. Resuenan los cláxones y los gritos. Se tienden los toldos y los quiosqueros empiezan a cubrir con plástico los periódicos. Los soportales y los cafés se llenan de gente. La ciudad se transforma en un gran refugio contra el aguacero. Algunos paraguas se abren a su alrededor, como móviles flores de aire.
          Desde el interior del bar, los viudos jubilados lo miran pasar, calado de agua hasta los huesos:
          -Hoy es el día.
          -¿ Seguro ?
          -¿ No te has fijado en su cara ? Ella le espera en alguna parte.
          -¡ Pobre diablo ! ¡ Precisamente hoy, con este tiempo !
          Su figura desaparece por un extremo de la cristalera. El agua le moja el pelo, la frente, los labios. Siente vivir su piel. Una alegría insensata le nace del cuerpo, igual que de la tierra reseca. Apenas si consigue pensar en cómo conseguir que ellos sí le crean, en cómo hacerles ver que se equivocan, que ha cambiado, que no es ya más que un simple vendedor de paraguas. Camina lentamente bajo la lluvia, como alguien que tiene todo el tiempo del mundo para llegar a una cita.

© Marcos Eymar, 2005

 

 

Nace en Madrid en 1979. Licenciado en Filología Hispánica y en Teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad Complutense de Madrid, también ha seguido cursos universitarios en Estrasburgo y Chicago. En la actualidad es becario de la Universidad Paris-III Sorbonne donde prepara su tesis sobre el bilingüismo literario franco-español e imparte un curso de literatura comparada sobre "Bartleby y la literatura de la negación ". Ha resultado galardonado en algunos certámenes literarios como los Nuevos de Alfaguara (1995), el Isabel de España de narrativa (2000) y el II Certamen de textos teatrales de la Universidad Carlos III (2003). Es crítico literario en la revista de pensamiento y cultura El Ciervo y miembro del comité de redacción de la revista Silencios.