Respuestas de Stanislaus Macneill
Por Eduardo Uribe
—¿Qué es lo que hace durante el día?
—Me soporto.
El taxi atravesaba la noche y el conductor estaba harto de pensar. Le había dado vueltas al asunto, obligó a la memoria a justificar el pasado, puso en claro —o pretendió hacerlo— sus deseos… No acostumbraba atormentarse de esa manera, pero lo sucedido con Kim esa tarde lo había llevado a un estado de desesperación. Quería encender un cigarrillo. No lo hizo porque temía que un pasajero subiera y se quejara del olor a tabaco. Tampoco podía detenerse y bajar a fumar, pues ese día, por rondar la casa de Kim, casi no había trabajado y necesitaba desquitar la jornada. Él creía en el alma, o por lo menos le gustaba esa vieja palabra para nombrar aquella parte de sí que no podía identificar con su cuerpo; pero no creía que fuera posible venderla, como en esas historias con personajes que cambiaban su vida eterna por una mejora en la vida terrenal —y que, para colmo, suelen acabar mal. Recordó la leyenda de Robert Johnson. La suya sí había sido una historia más afortunada, pues entregó su alma al diablo en el cruce de las carreteras 61 y 49, a cambio de volverse el mejor guitarrista de blues. Al chofer le gustaba mucho esa leyenda porque terminaba bien, y en ese momento, él tenía la esperanza de un buen final.
Como no podía vender su alma ni fumar, para calmar su ansiedad puso un disco de Van Morrison y subió el volumen. De inmediato, la voz del irlandés le despertó evocaciones. Recordó la noche en que conoció a May, en una fiesta, y logró besarla, mientras se oían los acordes de “Brown Eyed Girl”. Desde entonces, y a pesar de no ser de su generación, la música de Van Morrison lo había acompañado. Cómo recordaba esa noche con May, a quien ahora ya decía Mary o Katheleen, según el humor y el cariño que sintiera. ¿Por qué se enamoró con frenesí, en una sola noche, de May? Y ¿por qué ahora, luego de diez años, perdió el amor casi sin percibirlo? Todo se había ido como se evapora el agua tras la tormenta. Ahora amaba a Kim, desesperadamente, pero era incapaz de decírselo a May porque temía herirla. Lo que más lamentaba, era el fin de la pasión: ya se encontraba en ese estado en que, al saludarse, las parejas ya no se besan en la boca, con un beso profundo, sino con un beso apresurado en la superficie de los labios, y a veces ni siquiera eso: tan sólo el roce momentáneo de las mejillas, la tentativa de la caricia, el mero recuerdo de una pasión ida.
Con estas dudas conducía el chofer cuando, en la esquina, alguien le pidió la parada. Al instante bajó el volumen de la música. Que el pasajero llevara una gabardina azul y rondara los cuarenta años le pareció normal; pero que le diera una dirección conocida lo desconcertó y lo hizo olvidar sus vaivenes sentimentales. Observó con detenimiento al pasajero reflejado en el espejo, mientras la música, apenas percibida, fluía, on a golden autumn day returning where each moment never is the same and pure joy sometimes comes with patience when I’m waiting on waiting game…
Como taxista que frecuenta la noche ya había visto muchas cosas y casi nada lo sorprendía. Sin embargo, en aquella ocasión la identidad del pasajero le produjo un verdadero asombro. Así que para cerciorarse decidió hacer una pequeña prueba: si era él, debía gustarle la música. Subió el volumen, no mucho, I am the observer who is observing, I am the brother of the snake...
El pasajero, en apariencia, no se molestó, pero tampoco hizo un gesto aprobatorio, I am the serpent filled with venom. Parecía indiferente; no hacía sino mirar por la ventanilla, a god of love. El chofer lo observaba a ratos por el espejo retrovisor, and a god of hate… Estaba casi seguro de que se trataba de él, pero hacía falta confirmarlo. Entonces, como si lo hubiera oído, el pasajero habló:
—Disculpe, ¿le molesta si fumo? De verdad me hace falta un cigarro.
Esta vez el chofer prestó más atención a la voz y ya no dudó más: era él, por lo cual respondió:
—Claro, para ser sinceros, yo también lo necesito.
Encendieron sus cigarrillos y fumaron con ansiedad.
—Yo a usted lo conozco —se atrevió a decir por fin el chofer.
—Pues yo no tengo el gusto —dijo el pasajero, con un sutil tono agresivo que significaba “no quiero hablar”.
—Usted es Stanislaus MacNeill y ha pasado todo el día pensando que la vida no basta —insistió el chofer, que al fin veía a su compañero poner atención—. No es que le desagrade su vida o que esté inconforme; es sólo que ahora debe tomar una decisión muy importante y no sabe qué hacer.
—¿De qué me está hablando?
—De Kim y May, de qué más —el pasajero se sorprendió al oír estas palabras y el chofer siguió hablando—. Ha decidido confesar a May que tiene una amante porque Kim se lo ha pedido. Pero no sabe cómo hacer para conservar el amor de May, o el recuerdo de ese amor, y comenzar con libertad el nuevo amor de Kim.
—¿Cómo sabe todo eso?
—Porque yo también soy Stanislaus MacNeill.
Los dos callaron; quedaron sorprendidos por las últimas palabras. Uno por oírlas, el otro por decirlas. El pasajero terminó su cigarro y lo echó por la ventanilla. El otro lo vio y no entendió por qué había hecho eso. En ese acto, aunque mínimo, vio una contradicción de algunas creencias profesadas desde su adolescencia. Luego, se sintió más auténtico y menos sucio que el otro.
—Todo eso es muy simple —se apresuró a responder el hombre en la parte trasera del taxi.
—¿Qué es simple?
—Lo que me ha contado. Saberlo no significa que usted también sea Stanislaus MacNeill.
El pasajero hizo una pausa y se tocó el mentón con la mando derecha; percibió un olor a tabaco y, como si fuera un reflejo, miró sus dedos con la poca luz que las ventanillas del auto filtraban. Reconoció unas pequeñas manchas de tinta que le hicieron pensar en la nota que había escrito hacía unos minutos. En ese instante supuso quién era el chofer y decidió enfrentar la situación:
—Lo que usted quiere es chantajearme con mi adulterio. ¿Quiere dinero? ¿Es eso lo que quiere? ¿Cuánto vale su silencio?
El chofer se echó a reír. Cuando logró controlarse dijo:
―Le daré algunas pruebas para demostrarle que no me interesa robarle y que soy Stanislaus MacNeill. Estas son cosas que sólo usted y yo sabemos. Detesta que le digan Stannie, a menos que se trate de una persona querida. Si alguien comete el error de no llamarlo Stanislaus al inicio de una relación, no le dirigirá más la palabra. En su juventud se vinculó con el IRA. Lo hizo por la nostalgia de sus orígenes, no por convicción. Esto ni siquiera May lo sabe. Puede ser que también la nostalgia lo haga escuchar todo el tiempo a Van Morrison. Esa música lo hace revivir el exilio de sus padres en estas tierras y la noche en que conoció el amor. Un amor que, por cierto, desde hace meses se pasea por la cuerda floja.
De nuevo callaron. No sabemos qué pensó el pasajero al oír estas palabras. El chofer ya había dado suficientes argumentos, pero el otro los desacreditaba con el silencio. Fue entonces que el chofer notó el problema de la gabardina, y para eliminar las dudas que comenzaba a tener, dijo:
—Además, míreme bien: somos iguales, incluso vestimos la misma ropa. La única diferencia es que usted trae la gabardina azul que creí olvidar esta tarde en casa de Kim. ¿En dónde estaba?
—¿Qué, la gabardina?
—Sí, la gabardina.
—Pues en casa de Kim. La olvidé sobre el sofá, pero volví por ella hace poco.
El chofer encendió otro cigarrillo y, en un tono inquiridor, aunque vacilante, dijo:
—Qué raro, no he vuelto con Kim después de haberme despedido.
—Se da cuenta, usted no es Stanislaus MacNeill. Si lo fuera, sabría que ha regresado a casa de Kim y le ha dado una respuesta.
—¿Qué respuesta?
—La respuesta a lo que Kim le ha propuesto esta tarde, qué más iba a ser —dijo el pasajero, con ese aire arrogante que tienen los que van por la vida con certeza.
Ante el problema que presentaba esta diferencia, ambos callaron. Sólo quedó presente la música there must be a reason for all this inaction, does it mean that every thing must change… Stanislaus repasó las escenas de los últimos minutos. Le pareció ridículo pensar en el cine en un momento como ese, pero no pudo evitar que las últimas horas fueran como una película que corre al revés. Iba despacio, en cámara lenta y hacia atrás, mirando cuadro por cuadro, pero sin encontrar el menor rastro de los eventos que el pasajero refería. Redujo la velocidad con cierta tranquilidad y detuvo el auto en una esquina; lo apagó y volteó hacia su pasajero, sometimes I’m looking for perfection...
—Disculpe que me detenga, pero esto es delicado. ¿Qué le ha dicho a Kim?
—¡Ve cómo usted no es Stanislaus MacNeill, no es posible que ignore ese detalle! —al decir esto, el pasajero sonrió, when I’m waiting on waiting game… Al chofer le molestaron estas palabras en que reconoció su parte más soberbia. ¿Cómo puede tener esta sensación de victoria en un momento como éste?, se preguntó, y luego intentó poner las cosas en su lugar:
—Mira Stannie, esto no es un juego para saber quién de los dos es más auténtico. Tenemos un problema, o mejor dicho dos problemas, o ya no sé, pero tenemos que encontrar una solución. Ambos sufriremos las consecuencias. ¿Qué le has dicho a Kim?
—De entrada, no me diga Stannie, es una de mis reglas…
—Acepto, pero ¿qué le ha dicho a Kim?
—Ella no estaba en casa cuando volví, así que tomé la gabardina, escribí una nota y dejé las llaves.
—¿Qué llaves?
—Las que me dio para entrar a su departamento cuando quisiera.
El chofer dio la última calada al cigarrillo antes de apagarlo y comenzó a buscar en sus bolsillos. Revisó un par de veces y luego hurgó en la guantera. Se rindió a la evidencia y, resignado, murmuró:
—Es verdad, las llaves han desaparecido. ¿Y la nota? ¿Qué ha escrito en la nota?
—Que me despedía… Francamente fue un alivio que Kim no estuviera allí: pude ser más sincero. Le confesé que tenía una vida hecha con Kathleen…
—Pero ¿por qué ha hecho eso? Sabe que no quiere volver con su esposa… Ni siquiera le alcanza el amor para volver a decirle May.
—Esto es ridículo —el pasajero llevó la mano a la manija para abrir la portezuela. Stanislaus, que miraba todo desde el espejo retrovisor, se apresuró a decir:
—No, no, espere. Lo llevaré a casa. Conozco el camino —y enseguida dio marcha al coche.
El pasajero permaneció en su lugar y volvió a su actitud indiferente. Stanislaus se puso en marcha. Permaneció callado durante el camino. No hizo más preguntas para no irritar más a su pasajero. Lamentó que el encuentro con Stanislaus MacNeill hubiera sido tan desagradable. Le hubiera gustado una relación más amable y llevadera, pero no fue posible. Todo había sido molesto: molesta la arrogancia, molesta la cobardía, molesta la conformidad, molesta la imagen de Stanislaus MacNeill poseedor de una gabardina, molesto el hecho de que ni siquiera lo hubiera reconocido.
—Hemos llegado —dijo el chofer, sin firmeza en la voz, pensando que aún era posible hablar y razonar el problema juntos.
—Sí, ya veo. ¿Cuánto le debo? —preguntó el otro.
—No es nada, sería inútil cobrarle.
—En ese caso, gracias —y esta frase apenas fue percibida porque el pasajero ya estaba abriendo la portezuela y las palabras se apagaron en el vidrio de la ventanilla.
En ese momento, Stanislaus supo lo que debía hacer. Si Stanislaus MacNeill era el enemigo de Stanislaus MacNeill sólo había una salida: se abalanzó contra él cuando le dio la espalda y oprimió el cuello con un solo brazo. Darle muerte no fue un trabajo simple: Stanislaus golpeaba en todas direcciones y se aferraba a vivir con el coraje de un joven. Al final, la ansiedad de una nueva vida fue más fuerte y, sin el menor remordiemiento, el chofer aplicó todas sus fuerzas contra el cuello del pasajero. El cuerpo quedó inerte en el asiento trasero como había quedado la gabardina sobre el sofá en la tarde, antes de hacer el amor con Kim, como habían quedado las llaves esa noche en el suelo, antes de cerrar la puerta. Stanislaus se recuperó y pisó el acelerador hasta el fondo. El cadáver lo tenía sin cuidado. Lo importante era llegar a casa antes de que Kim encontrara la nota.
© Eduardo Uribe, 2006
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