Caldo violento

Por Julia Cohen

El caldo violento se prepara, en principio, como cualquier caldo: se lava bien el pollo, se le quitan las plumas, se parte en pedazos para que entre bien en la cacerola, se le pone una cebolla con dos clavos ensartados en los costados, y un ramito de hierbas de laurel y tomillo; sal y pimienta al gusto, y se pone a cocer a fuego lento. Yo suelo añadir un concentrado de hierbas, del cual no pienso dar la receta: secreto de familia. Finalmente se vierte el vino tinto y las claras de huevo en el caldo cuando esté bien caliente, para que se integren como hilos blancos, como telarañas, como un río turbio, exquisito , violento ...
          Esta receta, como muchas otras, pertenece al bagaje culinario familiar, uno muy viejo y muy rancio y es que desde que tenemos memoria, a las mujeres de mi familia nos ha dado por los menjurjes: a unas en la cocina, a otras en el mortero. Siempre he creído que todo esto viene de alguna inclinación de aquelarre, un aquelarre que busca desesperadamente la cura para la tía Eugenia, aquella tía suicida cuya muerte fue encubierta bajo la imagen romántica de una muerte de amor . Así se fue marinando una búsqueda mal situada en el silencio y la necesidad del olvido, la mala costumbre de la familia de solucionar todo al borrarlo, al prohibir que sea nombrado, al desaparecerlo hasta que a golpe de prohibiciones, acabe por ser invisible, como si en realidad no existiera...
          Así ha sido todo en mi vida, como el paso de Antonio, a mis dieciséis. Antonio y yo nos conocimos en una de esas kermeses de la escuela a la que solíamos asistir anualmente. Nos encontramos entre los pasillos, mucho tiempo después de que Federico mi hermano, lo invitara a comer a la casa. Antonio tenía entonces ocho años, yo tenía siete, caminamos por horas por aquel inmenso patio de escuela, me compró un algodón de azúcar y nos subimos juntos a la rueda de la fortuna. A eso de las seis de la tarde, Antonio y yo nos tomamos de la mano, diez minutos mas tarde, nos formamos frente al registro civil y sellamos nuestro amor con dos aros de llavero frente a la sonrisa complacida del padre Martín, aquel jesuita que ejercía de juez, quien nos permitió, como gran concesión darnos un beso en la mejilla.
          Varios años después volvimos a encontrarnos en una tardeada, a partir de ese momento comenzamos a vernos con cierta frecuencia, nos reíamos mucho juntos, a penas me tocaba y me causaba hormigas en el estomago. Así fue, hasta el día en que mi padre lo fulminó de una mirada cuando tuvo la osadía de presentarse en una reunión familiar. El viejo lo miró de arriba abajo con absoluto desprecio, lo dejó con la mano extendida y continuó su camino. Yo salí corriendo tras Antonio, quien me reclamó furioso la actitud despótica de mi padre. Como solo me limité a bajar la mirada, me dijo que lo mejor sería no vernos más. Quise objetar algo, pero no me salió una sola palabra y me quedé viendo cómo Antonio se alejaba, dejándome un frío tal que apenas al llegar a casa me serví un anisito doble, como solíamos tomar en épocas de frío. Ese frío fue una visita recurrente en mi vida, y con los años se me fue metiendo hasta la médula...
          Mi familia tiene dentro de sus más arraigadas costumbres una relación con el pollo que hace que sea la base de nuestra cocina, preparado en todas sus variantes. A mis treinta y tres años ya no me parecen tan variados aunque después de la muerte de la abuela, algunas recetas me son particularmente entrañables: el pollo en salsa fría de pimientos; en salsa de sangrita con suflé de papas, a la jardinera y la ensalada de pollo. Mi preferido es el caldo violento, como lo es de mis padres a los que por muchos años fue un placer consentirlos con mi cocina. Vivo bajo su techo desde que tengo memoria, a pesar de que hace más de diez años mi padre amenazó con echarme fuera porque manché el honor de la familia al embarazarme de Joaquín, quien no necesitó de los desplantes ni de las miradas aterradoras de mi padre para desaparecer en el momento que le dije que estaba embarazada. En esa ocasión los perros rabiosos me los echaron a mí. Mi madre lloró desconsolada por tener una hija casquivana , ahora, ya ningún hombre decente me querría, ¿cómo había podido causarles tanto dolor a esos padres generosos que me habían dado la vida? Si bien decidieron no volver a hablarme, mi padre anunció que se haría cargo del bastardo y de mí, y mi madre se ocupó de mi alimentación durante el embarazo. Me llenó de tés y de menjurjes.
          Unas semanas después enfermé gravemente. Nadie comprendió qué pasaba, ni tampoco buscaron demasiadas explicaciones. Lo único que recuerdo es haber perdido el conocimiento. Desperté con náuseas y un terrible dolor que me salía del vientre. Tenía la sensación de haberme rajado el cuerpo. Escuché al doctor explicar a mis padres que se trataba de un aborto natural, que el niño no llegó a formarse y que corrí con suerte: seguía con vida, aunque había perdido mucha sangre. Esa noche regresó el frío aquel que comencé a curarme a los dieciséis años, con anisitos, y que se instaló en mis venas definitivamente.
          Como lo anunciaron, mis padres se hicieron cargo de mí. Mi madre, curandera, me preparaba infusiones y compresas, como si intuyera a cada paso que cuidados requería. Terminé por recuperar la salud y hasta cierta cercanía con mi madre. Ellos actuaron como si nada hubiera pasado y, consciente de que no habría hombre decente que me hiciera caso, me dediqué de lleno a hacerme cargo de los viejos, como ellos esperaban.
          El día que cumplí veintinueve años apareció Gustavo. Después de su primera visita a la casa, mi madre dijo que prefería que ese muchacho no volviera a visitarnos, que algo en él no terminaba de gustarle. Gustavo era amigo de Federico, mi hermano mayor, y era bienvenido a la casa como tal, pero no como mi pretendiente. A pesar de ello Gustavo y yo seguimos encontrándonos a escondidas, a la salida de misa y en las reuniones a las que mi madre me permitía asistir, a sabiendas de que no había mejor perro de guardia que el celoso de Federico. Luego comenzamos a vernos en la heladería. Hasta que un día, mientras tomábamos un helado en la cafetería Roxy mi madre, que llegó acompañada de Federico, nos encontró dándonos un beso. Mi hermano levantó a Gustavo a empujones mientras mi madre me tomó del brazo y me llevó de vuelta a la casa, sin bajarme de mujer fácil y de mala hija. Dos días después volví a la Roxy con la idea de encontrar a Gustavo a la hora de siempre, no estaba. Regresé días y después semanas, meses; a la hora habitual hasta que imaginé que Gustavo había tomado la decisión de dejarme. Ante esta desaparición me encerré en casa de mis padres, a pensar en mi hijo muerto, a beber anís y a cocinar. La cocina era el único placer que me restaba entre las migrañas de mi madre, migrañas que duraban días enteros y yo estaba condenaba a compartirlas con ella, como me ocurría desde niña, encerradas en la oscuridad aun cuando mi padre estaba. Mi padre era químico, como debía ser y tenía su laboratorio en lo alto de la casa; pasaba horas encerrado, bajo el pretexto de buscar el remedio de las migrañas de su esposa. Cuando mi madre no requería de mi compañía, siendo niña, solía sentarme silenciosa, por horas observando hipnotizada, cada movimiento de ese hombre impenetrable que me causaba una fascinación fría. Hasta que dejó de permitirme la entrada a su torre.
          Por esos días cercanos a la desaparición me encontré con una prima de Gustavo y me contó que había muerto por razones poco claras, se había vaciado hasta no poder tenerse en pie. Cuando llegué a la casa desconsolada, mi madre se apresuró a decirme que podía tratarse de una enfermedad de familia y cerró la conversación con el argumento de que me había salvado de una buena, quien sabe que clase de hijos hubiéramos tenido. Mi frío se hizo mas frío y me dedique a olvidarlo hasta que un día olvidé qué era lo que tenía que olvidar.
          A pesar de lo conservadores que son mis padres, mi madre se las arregló para que yo entrara a unos cursos de cocina en casa de las Casasús, - Conocerás gente bien - me dijo con su sonrisa fría y su figura espigada, derecha, glacial como era. Yo acepté, y lo agradecí como una forma de distracción. La primera parte de los cursos era de repostería, el dulce se me da menos que lo salado, pero al tercer día, cuando preparando una gelatina inglesa, en un movimiento torpe hice que todo lo que tenía en mi estantería cayera sobre la mesa; el queso crema cayó dentro de mi gelatina junto con el colorante natural verde que tiño definitivamente el recipiente con todo su contenido. La maestra me retó a que imaginará que podría hacer para salvar mi gelatina. Nerviosa, tomé el licor de menta que me alcanzaba cómplice Cristina, mi compañera de mesa, y batí las mezcla entre las risas de mis compañeras y la sonrisa tranquilizadora de Cristina. Al terminar, un exótico mousse de menta todo verde, resultó la envidia de todas mis compañeras.
          Cristina, era una joven viuda, unos años más grande que yo, que me dejó una buena impresión. Mi nueva amiga sabía muchas cosas, había leído a todos esos autores que yo había escuchado que los cultos leían, hablaba de filosofía como de cocina. - Es una mujer de mundo – dijo mi madre al saber que había hecho amistad con Cristina O'gorman, de los O'gorman de Coyoacán y me instó a estrechar mi relación con tan distinguida mujer, - a ver si se te pega un poco de buen gusto - concluyó mi madre con esa manera suya de soltar veneno sin dejar de sonreír.
          Cristina y yo nos encariñamos rápidamente en medio de esa cotidianidad, yo disfrutaba mucho de su presencia, su mirada me regresó lo mejor de mi misma, su presencia robaba silencios y yo me sabía privilegiada de llegar a su lado, de saber que era mi amiga. Conmigo era dulce y bromista; me hacía sentir bien a su lado.
          Mi vida fue plena durante todo ese tiempo que pasamos juntas. Mi madre, a quien cada vez le parecía una mejor influencia, promovía nuestra cercanía con la venia de mi padre y comencé a salir a más fiestas, a conocer a otro tipo de gente, a tener lecturas más variadas, todas esas que Cristina me recomendaba y que yo devoraba. Nos adoptamos, Cristina venía a comer a casa al menos dos veces por semana y las otras yo la pasaba en la suya en medio de nuevos planes, platos, menjurjes e historias. Sorprendidas por la flexibilidad de mi madre, una noche Cristina logró sacarle el permiso para quedarme a dormir en su casa. Saldríamos al día siguiente muy temprano a un pique-nique de la familia de Cristina y sería mejor para ambas si partíamos directamente de la residencia de los O'gorman. Mi madre no sabía, ni yo me preocupe en aclararlo, que Cristina contaba con un departamento independiente, al lado de la casa de sus padres, con los que podía pasar días enteros sin entrar en contacto. Yo estaba nerviosa, pero feliz, esa noche cocinamos encantadas, mientras compartíamos la preparación de los platos, acompañadas con un buen vino tinto, música de Lara, que la misma Cristina me había presentado y que desde entonces no podía dejar de escucharlo.
          Mientras lavaba unos utensilios, la música de Lara dejó de sonar. Cristina ofreció ir a cambiar el disco de la consola, yo seguí concentrada entre el agua caliente y los cacharros y comenzó a sonar la ópera “Lacme” de Delibes. Sin a penas darme cuenta Cristina apareció en la cocina y se acercó por mi espalda, como solía hacerlo, para mirar en que estaba. Yo sonreí y sentí cada vez más su cercanía que tanto me agradaba, Cristina se pegó más a mi cuerpo, comenzó a recogerme los gajos de cabello que se escapaban de un chongo improvisado para la cocina, sus dedos rozaron mi cuello; tibios, dulces, acomodó el cabello dulcemente y siguió acariciándolo, sus manos subían y bajaban por la piel que mi blusa dejaba desnuda. Esa piel que se erizó cuando Cristina sopló lentamente a lo largo del camino recorrido por sus manos, instintivamente pegué mis nalgas a su cuerpo, estaba completamente ruborizada, respiraba rápido y cerré los ojos dejando a Cristina pasar sus manos por mi cintura para atraerme contra ella, besó mi nuca dulcemente, sus manos apretadas a mi vientre se soltaron para iniciar otro recorrido. Sorprendida por lo que pasaba, pero más excitada que sorprendida me dejé tocar, me dejé desatar el mandil y pasarlo por mi cabeza para quitármelo, me dejé voltear y me encontré con la hermosa Cristina con las mejillas encendidas, una mirada que había creído percibir en algunas ocasiones, y que ahora se desataba cínica, sexual, indudable. Mi sonrojo se sonrojó aún más y yo bajé la mirada, ella me tomó del mentón y me levantó el rostro, sus ojos brillaron, su brillo estalló en mi cuerpo y al recibir la señal Cristina acercó su boca carnosa, perfecta y comenzó a besarme en mordiditas deliciosas, abarcando pedazos de mi boca, armándola como un rompecabezas de mordidas. Yo estallé, me dejé ir en besos húmedos, abiertos, moluscos, mojados, me aferré a su cuerpo y a su boca como si de ello dependiera mi vida, ella sonrió maliciosa y excitada y apaciguó la torpeza de mis besos con la ternura apasionada de su boca y su lengua se apropió de la mía. El camino a su cuarto se nos hizo corto, no hubo ropa que durara, cuando nos dimos cuenta éramos dos cuerpos desnudos, pálidos como la luz del cuarto, el cabello alborotado no dejó mas chongo vivo, nos montamos y resollamos como si hubiéramos hecho eso toda la vida. Cristina estaba en mi cuerpo, sentía su piel y miraba sus ojos ahora abiertos, ahora cerrados; intensos, mirándome, deseándome, soltándome, comiéndome; me comió completa, me provocó de todas las formas, unas que jamás hubiera imaginado que existieran. En momentos guardaba silencios tímidos sepulcrales, placenteros, su lengua, sus dedos, su carne toda era un catalizador para el deseo. Descubrí la ternura, descubrí el amor y todo lo que no había sido ni amado el resto de mi vida y descubrí una fuente que yacía en mi cuerpo y esperaba ser descubierta y provocada para nunca jamás. Cristina se me metió en la medula y el sexo, y la ví en mi corazón y en mi mente, donde ya estaba desde la primera vez que nos vimos como un microscopio, la vi nítida y perfecta, Cristina se hizo en mí, la dependencia más dulce, la más necesaria.
          Desde ese día no nos separamos más. Ya fuera en su casa, ya fuera en la mía; en el club, en las clases de cocina, en las reuniones de sus amigos, en los supermercados y las plazas de la ciudad, en el cine o un café cualquiera. Pasábamos los días en percibirnos, en provocar la ceguera de los otros, que nos veían con sonrisas condescendientes. Mi madre no dejaba de presumir mi amistad con una de los O'gorman, y la libertad que esa aceptación provocó, dio espacio y rienda suelta a nuestro amor. Un día que Cristina se quedó a dormir en casa, mi madre quiso sorprendernos con un desayuno en la cama. Tan inusual era su visita en el cuarto que no pusimos atención a su llegada y nos encontró encaramadas la una en la otra, dándonos un beso de buenos días, con la mitad del cuerpo cubierto por la sábana y nuestra desnudez descubierta en su otra mitad. Hubo un silencio mortuorio, mi madre se quedó viéndonos sin cambiar el gesto, con la charola entre las manos. Cristina y yo no alcanzamos ni siquiera a separarnos, solo nuestras cabezas volteadas hacia la puerta sostenía en la mira a mi madre, con ojos asustados, desorbitados. Mi madre, que no lograba definir lo que sus ojos le mostraban, dejó la charola sobre la silla de la entrada, y se retiró lentamente sin quitarnos la mirada de encima; pálida, desconcertada... alcanzó a decir: ... ahí.... ahí les dejo su desayuno... Salió sin darnos la espalda, como si fuera la única forma de mantener unidos todos los pedazos de un mundo que acababa de romperse.
          Cuando mi madre cerró la puerta, me abracé a Cristina con ansiedad y comencé a llorar en sollozos cortados, como si me faltará el aire, como si no pudiera alcanzarlo. – ¡Viste su cara!- le decía abrazándola como si con ese abrazo la cubriera de la mirada de mi madre, de esa mirada de ojos bien abiertos sin sentimiento alguno, llenos de esa sorpresa ilegible, dura.
          –¿Viste sus ojos? –lloré mientras ella trataba de calmarme, me acunó y acarició mi cabeza, hasta callar mi boca con sus labios.
          -Es mejor que te vayas– le dije repentinamente- … Esto no se va a quedar así, conozco a mis padres.
          -¡Vamonos juntas ahora mismo! -urgió Cristina- No puedes vivir más bajo este techo-dijo terminante.
          -Estoy de acuerdo mi amor –contesté, pero es necesario que arregle algunas cosas antes de dejar a los viejos de una vez por todas. Vete Cris y nos encontraremos en dos días en tu casa.
          Cristina salio sigilosamente por la puerta con la promesa de vivir juntas, en otra parte del mundo, donde nadie nos impidiera amarnos. Ella salió y yo me quedé en la cama, abrazada a la almohada, -tengo que apurarme– pensaba mientas un sueño pesado y angustiante se apropiaba de mi.

Dormí por horas, no sé cuantas, exhausta por el miedo y al recuerdo de la mirada gélida de mi madre frente a nuestra escena. Dormí para negarla. Desperté y sentí el frió aterrador de la ausencia de Cristina. Mientras me arreglaba para salir encontré un poema escrito a mano, escondido entre mi ropa:

 

Yo me celebro y me canto.
Y lo que asumo, tu lo asumirás,
Porque cada átomo de mi cuerpo que me pertenece,
También te pertenece…

 …Nunca hubo mayor inicio que ahora,
Ni mayor juventud o vejez que ahora,
Y nunca habrá mayor perfección que ahora,
Ni más cielo ni más infierno que ahora…

 Impuso, impulso, impuso….
                                                  Walt Whitman

 Todo vale la pena, sé paciente. Te amo,
tu Cristina

P.D. Te llamo hoy a las ocho, contesta tú el teléfono.

Sonreí, besé él papel y lo guardé en mi almohada, era ya la madrugada, bajé a la cocina a prepararme algo de comer y me topé con la alacena abierta. Cerré las puertas, me serví un vaso de leche, una copita de anís y me comí una concha. Subí a mi cuarto, el silencio era sepulcral y sentí un escalofrío en plena oscuridad del pasillo, aceleré el paso corrí a encerrarme a mi cuarto con la mitad de la leche derramada y la concha entre los dientes. Prendí la radio, Lara sonaba en el fondo con el ruido viciado del vinil, me sentí cerca de Cristina y me quedé dormida, con la expectativa de una nueva vida junto a ella.
          Por la mañana me desperté temprano, la angustia es el mejor despertador, me bañé y me arreglé armándome de valor frente al espejo, pretendí repasar todos los posibles escenarios. La angustia aumentó. Una y otra vez me vi ante mis padres. Paralizada pasé el día en el cuarto, lidiando con mi miedo entre la cama y el espejo, nada logró calmarme, no hubo fuerza alguna que me hiciera cruzar esa puerta, en unos día terminaría de salir de ahí, definitivamente.
          La llamada de las ocho no llegó , recostada en la cama, sentí pasar las horas, un lastre me ataba a sus patas, me hacía meterme entre las sabanas, como si tuvieran el poder de protegerme, de regresarme la calma, me resguardaba sintiendo su peso de sábanas, tibias de contenerme, suaves y pesadas al mismo tiempo. Quería arrancármelas, quería arrancarme de ellas, eran un continente mullido y dulce, eran al mismo tiempo una cárcel, un espacio viciado, una red que impedía mis movimientos, desde dentro de esa trampa esperaba el timbre del teléfono como una bengala de rescate, sabia que el tiempo pasaba, lo sentía en mis ojos, lo escondía en esa necesidad de permanecer dormida que no terminaba de resguardarme de la consciencia, que no me regresaba la llamada. Mis parpados se pegaban a la almohada, se restregaban en ella, buscando el sueño, huyendo del sueño, cuando lograba dormir, a penas unos minutos, Cristina aparecía en mi cabeza pero su llamada no hacia eco en la realidad, me volteaba una y otra vez desesperada, golpeaba la almohada con fuerza, la luz del día le sucedió a la oscuridad, el hambre comenzó a llamarme, pero mi angustia la anestesió, prefería mantenerme dentro de mi cama, ahí nada pasaba, ahí nada pasaría, nada, hasta el momento en que sonara el teléfono y la voz de Cristina decretara mi libertad. Pero la libertad no llegaba, por momentos me enojé con Cristina, imaginé nuestra conversación y ella me calmaba explicándome las razones de su tardanza, ¡no importa!, Cristina acabará por aparecer, su voz ronca me liberará y recordaremos éstas horas de angustia riéndonos. La oscuridad volvió a teñir la luz de mi ventana, yo me cubrí con las sábanas para no verla llegar, pero la sentía y las horas pasaron dentro de mi angustia alimentándola, engrosándola, mi angustia era una mujer rebosante y desagradable que se sentaba sobre mí sacándome el aire. Conforme las horas pasaron la mujer grande que era mi angustia se ensanchó, hasta ocupar mi cama y mi pensamiento. Traté de moverme pero nada pasaba, me arrinconé entre la cama y la pared cediéndole mi espacio a la angustia que me mataba pasiva y dolorosa. ¡Cristina! Alcance a exhalar.
          Sonó el despertador, que no me despertó, eran las siete de la mañana y para mi no hubo día de ayer ni día de hoy, la mañana me encontró sentada en una orilla de la cama, arrinconada. Disqué el teléfono de Cristina, nadie contestó. A las ocho pude a penas levantarme a preparar el desayuno de mis padres, estaba tan angustiada que a penas acerté a moverme. No fui capaz de verlos a la cara, mis “buenos días” fueron a penas un susurro, me dirigí a la cocina para preparar un jugo de naranja, saqué la tabla y el cuchillo más filoso, lavé las naranjas y escogí una, la puse sobre la tabla, sólida inmóvil; ví a mi madre entrar por la puerta de la cocina, el cuchillo resbaló llegando a la tabla sin a penas darme cuenta, me corté con el cuchillo de las naranjas y el jugo que exprimí se enturbió con mi sangre, mientras trataba de detenerla con un torniquete mal puesto.
          -No puedes hacer nada bien, exclamó mi madre.
          -¡Permíteme! –me dijo haciéndome a un lado y tomando a cargo el jugo y las naranjas.
          -Limpia ese batidero -me dijo molesta-, yo me hago cargo. Y vete a bañar que estas en muy mal estado, ¿qué es eso de presentarse a la mesa en ese estado señorita? - Me dijo tomando el relevo.
          -Si madre.
          Subí a mi recamara con el alma en un hilo, la sangre en el jugo de naranja me revolvió el estomago. Me metí a bañar y sin haber apenas terminado, corrí hacia el teléfono para llamarle una vez más a Cristina, a eso del medio día logré que alguien me contestara, era su madre quien lloraba desesperada sin poder emitir una palabra. La sangre se me heló, alguien le quitó el teléfono, era la hermana de Cristina a quien apenas había visto en una ocasión,
          -¡Ah! si Inés -, me dijo con la voz cortada
          -No sabes cuánto lo siento -dijo rompiendo a llorar.
          -Cristina, nuestra Cristina Inés, le dio un infarto, ni siquiera pudo darse cuenta, la encontramos en su cama, tranquilita, sin moverse, ¡un infarto! se nos fue Inés; ¡Yo se cuanto se querían, se nos fue Inés! - Siguió hablando lejos, del otro lado de la bocina; metálica, inaudible, fría, nunca supe cuándo dejó de hablar, cuándo solté el teléfono, cuándo caí al suelo y me pegué contra la esquina de la mesa. Nunca supe nada, hasta que me encontré en mi cama frente una imagen borrosa de mi madre, poniéndome compresas frías en la cabeza y un dolor de muerte que me punzaba. Ya no en la herida sino en la ausencia, en la culpa, en la angustia. Mi madre impasible, me acercó una charola con un caldo de pollo humeante que rechacé ante la nausea que me provocó.
          -Inés -me dijo- no has comido nada en tres días, no puedes quedarte así. Tienes que ponerte en pie, no te puedes perder la misas que quedan de tu amiga Cristina, su familia podría tomarlo mal. Aunque; mira que son gente educada, siempre lo he dicho, han llamado varias veces; después del numerito que diste en el teléfono, claro, siempre quieres llamar la atención... - Dijo mi madre dejando inconcluso su comentario. Yo no podía creerlo, a pesar de que se trataba del clásico humor desagradable y cáustico de mi madre. No podía creer lo que me decía, no podía creer que Cristina, mi Cristina estuviera muerta. Mucho menos de un infarto, Cristina era una mujer sana, yo podía constatarlo, no podía ser que se tratara de un infarto, así nada más, que se fuera tan fácil, que me dejara con todos nuestros planes y en casa de mis padres, con la mirada gélida y ahora burlona de mi madre. Y volví a llenarme de angustia, miré a mi madre con odio, un odio rancio que despertaba por primera vez a la consciencia, que se manifestaba entero y definitivo, taladrante. Me levante y me le fui encima. Jadeante caí al piso y comencé a convulsionarme mirándola con rabia, mi madre le gritó a mi padre y este llegó con una jeringa de vidrio preparada con una sustancia ámbar, viscosa que me inyectaron. Yo me tranquilicé hasta quedar dormida. Mientras perdía la conciencia, mi madre dijo - Es una verdadera lástima, no podrás asistir ahora, ni siquiera a las misas finales del novenario, pero es tu culpa…
          Pasé meses recluida en ese sanatorio para enfermos mentales, bajo el cuidado de un amigo de mis padres, dopada y soñando con Cristina viva, hasta que me hicieron entender que había muerto de muerte natural y yo lo acepté, como debía ser, no podía ser de otra forma.
          Regresé a casa y la bienvenida fue un caldo violento. Mi madre suele prepararlo para esta clase de situaciones; yo lo miré turbio, con ese color rojo que le da el vino tinto, y las nauseas me volvieron, miré a mi madre inquisitiva, y lo comí ansiosa, convencida de que moriría al ingerirlo, lo bebí con desesperación hasta la última gota, al final, constate que seguía viva y una lagrima constató mi vida y me llenó de tristeza. Mi madre me miraba comer impávida, le di las gracias por el caldo, le dije que con él me había regresado el alma al cuerpo. Y mi madre con una áspera y torpe caricia me palmeó el rostro y me dijo – Bienvenida a casa – yo apreté su mano sobre mi rostro, lastimándola, ella no supo qué hacer y retiró su mano inmediatamente, yo sonreí y las cosas volvieron ser las mismas, todo volvió a ser igual…
          El caldo violento se prepara, como cualquier caldo: se lava bien el pollo, se le quitan las plumas que le queden a la piel, se parte en pedazos para que entre bien en la cacerola, se le pone una cebolla con dos clavos ensartados en los costados, se le pone un ramito de hierbas, receta de familia… laurel, tomillo, sal y pimienta al gusto, y se pone a cocer a fuego lento... se le pone vino tinto y claras de huevo vertidas en el caldo, cuando esté bien caliente, para que se integren como hilos blancos, como telarañas, como un río turbio, exquisito , violento ...el sabor es tan intenso que disimula cualquier cosa. A mis padres les causó buen efecto, no dejaron una sola gota, de hecho me pidieron que les sirviera una segunda ración…
          Mientras más turbio, mientras más condimentos, más violento, más exquisito...no hay quien pueda despertarlos. Yo me sirvo un anisito doble, siento frío. Llamo a Leonora Cassasús. El próximo curso de cocina comienza el lunes: -Serás muy bienvenida Inés – dice conmovida
          -Como siempre.
          Le agradezco y cuelgo, me empino la botella completa. No hay anís que me arranque este frío. Pienso en Cristina, se me hiela la sangre…

© Julia Cohen , 2005